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Volver a volar, volver a República Checa

Considerando que, antes de la pandemia, solíamos pasar más tiempo fuera que en casa, llevamos la “sequía viajera” mejor de lo esperado. Pero fue al volver “la lluvia” cuando descubrimos, por un lado, cuánto la habíamos echado de menos y, por otro, que nos teníamos que volver a acostumbrar a “mojarnos”…

Aeropuerto Barajas Salto

La vuelta fue gradual. Empezamos a viajar por España redescubriendo destinos tan cercanos como Alcalá de Henares, tan familiares como Gijón –fue nuestro cuarto paso por la ciudad–, tan especiales como Cáceres –nuestro primer viaje juntos– y tan queridos como Galicia –aunque la carretera nos llevó hacia nuevos lugares como las Fragas do Eume o el castillo de Moeche–. Y, justo cuando se cumplieron los catorce días desde nuestra segunda dosis de vacuna –ni un día más–, con nuestro flamante certificado COVID digital europeo, volvimos a coger un vuelo internacional. Sí, lo más normal del mundo hasta hacía un año y medio volvía a emocionarnos. Íbamos a volar con destino… ¡Praga!

Con la nariz virgen de palitos de PCRs, hemos vuelto a República Checa. El último país al que viajé con mis padres. Un país al que los dos habíamos viajado pero nunca juntos. Un país en el que la incidencia de coronavirus es de las más bajas de Europa y en algún momento llegas a olvidarte de que el mundo ha cambiado. Un país cercano al que nunca hubiéramos pensado que no podríamos viajar en algún momento de nuestras vidas… Praga, Kutná Hora y Bohemia del Sur nos esperaban.

Volver a volar, volver a salir

Mascarillas, certificados COVID digitales, formularios de entrada… eso es lo que ha cambiado y puede llegar a agobiar y molestar un poco, por qué no decirlo. ¿Lo que no cambia nunca? Esa emoción al pedir un plato sin saber exactamente qué vas a comer –aunque Google Translate le quite un punto hoy en día–, esas ganas de aprender alguna palabra del lugar –aunque luego no te entiendan–, esa confusión con los precios y los cambios –el primer día usé la tarjeta que no era y me sentí más tonta que nunca–… Y, por supuesto, ese deseo de conocer nuevos lugares y vivir nuevas experiencias. Experiencias que no faltaron en República Checa.

Dar con nuestra ciudad checa ideal

Fuimos a Kutná Hora para comprobar con nuestros ojos que esa locura realizada por el ser humano que es el osario de Sedlec existía de verdad. Fue el primer “sueño cumplido” del viaje. Y sí, encontrarnos frente a un ángel o hasta a un escudo de armas realizados con huesos humanos nos dejó alucinados. Eso sí, también fue la ocasión para descubrir nuestra ciudad checa ideal: Kutná Hora. Dos catedrales, un no parar de monumentos, unas minas de plata en pleno casco histórico, nuestro primer encuentro con la contundente y rica comida checa… Un auténtico flechazo. Echa un vistazo a nuestro artículo Qué ver en Kutná Hora: la ciudad de la plata para ver si tenemos razón.

Osario de Sedlec General

Encontrarnos con el gemelo checo del Palacio de Cibeles

El castillo de Hluboká no nos sonaba de nada antes de viajar a República Checa. Pero, en cuanto vimos una foto, lo supimos: teníamos que ir a verlo. Eso sí, la razón puede que te parezca un poco extraña. Es porque nos recuerda muchísimo al ayuntamiento de nuestra ciudad: el Palacio de Cibeles de Madrid. Por lo visto, no a todo el mundo le parece tan clara la semejanza, o eso nos dijeron en Instagram Stories –¿lo dirían en serio o solo por llevarnos la contraria?–. Lo que está claro es que este capricho decimonónico de la nobleza checa merece una visita más allá de cualquier parecido, por poco razonable que sea. Date una vuelta por El castillo de Hluboká nad Vltavou: el Palacio de Cibeles checo, y verás que el interior no se parece en nada al ayuntamiento de Madrid.

Castillo Hluboka

Alucinar antes incluso de salir del coche

Que Český Krumlov iba a ser uno de los grandes protagonistas del viaje lo teníamos muy claro desde que salimos. La fama –muy merecida– que tiene uno de los pueblos más bonitos y singulares de Europa y mis pocos recuerdos de niñez daban buenas pistas. En ese sentido, no hubo sorpresa ninguna. Pero es que, ¿quién podía imaginar que no haría falta ni bajar del coche para empezar a alucinar? Aparcamos justo enfrente del puente de la Capa y ya nos quedamos atontados pensando: “¿esto es de verdad?” Nos volvería a pasar unas cuantas veces en sus miradores, en el teatro barroco, en el paseo en barco tradicional…

Que Ver En Cesky Krumlov Puente Capa

Toparnos con la mezcla perfecta de arte gótico y contemporáneo

El castillo de Český Krumlov y el de Praga son insuperables, pero si hay algo que no falta en Bohemia son castillos y palacios. Pasamos por los de Telč, Červená Lhota, Třeboň, Rožmberk, Zvíkov… y el de la ciudad de nombre impronunciable, Jindřichův Hradec. Eso sí, de este último tuvimos que “conformarnos” con la vista –de postal, todo hay que decirlo–, desde fuera, porque fuimos el día internacional de los museos cerrados: el lunes. Pero, ¡que no cunda el pánico! Nos esperaba otra sorpresa en Jindřichův Hradec. Un lugar que no venía ni en los mapas turísticos de la ciudad –y eso que en él venían otras cosas mucho menos interesantes, pero eso lo dejamos para otra historia–: la iglesia de San Juan Bautista y el claustro de los Minoritas. Una joya medieval que se ha casado con el arte contemporáneo: ¡la pareja perfecta!

Que Ver En Jindrichuv Hradec Iglesia San Juan Bautista

Elegir nuestra plaza favorita

El juego “Elige tu castillo favorito” que nos acompañó durante todo el recorrido por Bohemia del Sur tuvo un fiel compañero: el igualmente entretenido “Elige tu plaza mayor favorita”. Telč, Slavonice –por partida doble–, Jindřichův Hradec, Český Krumlov, České Budějovice, Holašovice, Tábor… Todas jugaron grandes partidas, y les agradecemos la participación, pero nuestra personal ganadora fue la plaza Plaza Masaryk de Třeboň, la ciudad checa de la pesca por excelencia –¡y qué pescado tan rico comimos ahí!–. ¿Por qué justamente esa plaza? Porque sí, que para eso no había otros jueces en el juego…

Plaza Masaryk Trebon

Calzar unas botas de goma para recorrer unos subterráneos inundados

Otra cosa de la que no teníamos ni idea: muchas de esas coloridas plazas mayores esconden en su subsuelo oscuros túneles. Antiguos almacenes conectados entre ellos, en ocasiones utilizados como vías de escape o escondites durante las guerras, que descubrimos por primera vez gracias a nuestro guía de Telč –¡gracias, Petr!– bajo la plaza mayor de su pueblo. Luego llegarían los de Tábor o del mismísimo ayuntamiento viejo de Praga. Pero Petr nos recomendó que no nos perdiéramos los de Slavonice. Y le hicimos caso… ¿Qué tienen de especial? Que se han inundado y hay que calzar unas botas de goma para recorrerlos. Un poco de aventura bajo los adoquines de la plaza de la Paz.

Tuneles Slavonice

Recorrer casi solos el puente de Carlos con las primeras luces del día

Escoger un solo lugar de Praga es complicado. Las vistas desde lo alto de sus muchas torres –¡tengo agujetas solo en pensar en las subiditas! y fueron muchos los miradores de Praga que visitamos–, las sinagogas del barrio judío, los mil y un estilos arquitectónicos de sus edificios –¿has escuchado hablar del rondocubismo?–, las esculturas tan únicas de David Černý… Pero puede que lo mejor haya sido una sensación: la de tener el privilegio de volver a ver alguno de sus rincones más turísticos sin masificación. Porque si en las noches nos encontramos con mucha gente de fiesta, a primeras horas de la mañana conseguimos ver un puente de Carlos casi vacío, compartido solo con algún corredor y algún fotógrafo. La pandemia nos ha quitado mucho, pero, al menos, nos ha regalado momentos como estos.

Que Ver En Praga Puente Carlos Vacio

Y… perderse en Barajas

¡Quién lo hubiera dicho! Barajas –el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas para ser exactos–, nuestra segunda casa hasta hace poco más de un año, nos la jugó dos veces. Sí, nos perdimos no una sino dos veces de vuelta a casa. A ver, “perderse” son palabras mayores, pero sí que nos despistamos y fuimos hacia el lado equivocado en dos ocasiones. Necesitamos volver a sentir esa lluvia, la sequía definitivamente nos ha sentado mal.

Ahora… ¿qué nos falta?

¿Y ahora? Pues nos falta seguir viajando, esperando que la situación lo permita, y tomárnoslo más con calma –más yo, para qué usar tanto el plural…–. Los viajes largos que hacíamos por lo menos una vez al año antes de la pandemia nos –me– habían ayudado a hacerlo. Pero esta vuelta ha sido un poco “atracón”. Ganas de ver sin parar que te dejan KO. Los cuatro días en Praga fueron prueba de ello. Después de la tormenta, habrá que acostumbrarse a la llovizna…

Eso sí, ¡que no vuelva la sequía, por favor!

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