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Ranakpur, la gran maravilla (I)

Sábado, 18/06/2011 (5)

El complejo de Ranakpur es un sitio idílico. Cualquiera diría que no estamos en la India. Entre los templos hay jardines muy cuidados y calles asfaltadas y limpias. No hay vacas por ninguna parte, ni gente tirada en el suelo. Tampoco hay ruido, nos cuesta darnos cuenta de que nos falta algo, tan acostumbrados estamos ya, después de tres días, a oír cláxones por todas partes. Si Osiyan era un centro de peregrinación jainista, Ranakpur es uno de sus más grandes complejos en la India y uno de los cinco lugares sagrados del jainismo. Debe su nombre a Rana Kumbha que, en el siglo XV cedió una gran extensión de terreno al Dharna Sah, que había soñado con un lugar celestial –y a fe que lo consiguió construir–, para la construcción de los templos. Arquitectos de todas las partes del país presentaron sus diseños y fueron los de un escultor llamado Depa los que más se ajustaron al sueño de Dharna Sah. Las obras se prolongaron durante cincuenta años.

Después de preguntar un par de veces más encontramos la consigna. Le decimos que sólo queremos dejar las mochilas y que luego buscaremos un hotel, no es que queramos dormir aquí –que se puede–. Nos recomienda otro que hemos visto al llegar, el que está más cerca, en el que nos dice que trabaja su hija y que está bien para nosotros, es de los baratos… pero hay que tenerlo en cuenta.

El templo principal, dedicado a Adinath, está justo frente a la puerta del edificio y sin perder un segundo nos lanzamos.

Ya el exterior nos pareció espectacular mientras nos acercábamos buscando la consigna con las mochilas encima. Todo el edificio es de mármol blanco y, como buen templo jainista, con la forma techo montaña. Pero todo el exterior está tallado, hasta el último rincón. No en vano, es el templo jainista más bello de todo el país, y el más grande, tiene una planta prácticamente cuadrada de 62 por 60 metros.

Y el interior es todavía más impresionante. Para entrar nos encontramos con una escalera que sube y un guardia de seguridad que no puede evitar sonreír cuando ve la cara de alelados que se nos ha quedado al ver lo que hay dentro. No tenemos muy claro cuánto va a durar esto. No puede ser que cada cosa que veamos sea todavía más impresionante que la anterior. Desde el fuerte de Mehrangarh esto va cada vez a más. Jaisalmer, con su fuerte y sus templos jainistas, los primeros que hemos visto, y los templos de hoy de Osiyna, sobre todo el baori Katan y las sensaciones que nos ha provocado.

El templo es un bosque de columnas de mármol, 1.444 concretamente, que sujetan techos también de mármol y, como en el exterior, todo está tallado. Cada una de las columnas está tallada con formas y diseños diferentes no habiendo dos iguales en todo el templo. Sólo el suelo es liso y también hay escaleras entre las distintas salas, 29.

Estamos bloqueados en la entrada mirando a todas partes sin saber en qué fijarnos porque todo nos llama la atención. Uno de los monjes se da cuenta de nuestra situación y «se apiada» de nosotros. Se acerca y nos cuenta, en perfecto inglés, que como no queda mucho tiempo para visitarlo es mejor que nos demos prisa. Él nos enseñará las cosas principales y luego podremos seguir dando vueltas. Estamos tan impresionados por la belleza del lugar que ni se nos ocurre decir que no queremos guía, ni pensar que luego querrá dinero, ni nada. Le damos las gracias y comenzamos a seguirle.

Nos explica que en el templo hay una columna torcida para no molestar a los dioses con una perfección humana. Está hecho mal con intención de no ofender. Pero, la verdad, es que porque él dice que hay algo que está hecho mal, porque a nosotros nos parece todo perfecto y maravilloso, un lugar de cuento, de las mil y una noches. No dudamos de que si Stendhal hubiera pasado por aquí después de visitar Florencia también habría sufrido su síndrome, si casi lo sufrimos nosotros.

Los demás templos cierran a las 19.00, según él, así que estaremos aquí hasta el último momento y luego los demás los visitaremos con las mochilas si hace falta.

En el centro del templo hay una talla del señor de Adinath o Rishabhdev, de cuatro caras. En el interior del templo hay un árbol. Se trata de un árbol-altar. Está medio hueco y en su interior, el tronco tiene la forma de Ganesh. También hay varias estatuas, por supuesto en mármol, de elefantes. Lo cierto es que las tallas por separado son muy bonitas pero es el conjunto, la cantidad de ellas que hay lo que hace que el sitio tenga ese poder de emocionarnos.

El monje nos sigue enseñando cosas pero no podemos oír y ver al mismo tiempo. Se despide de nosotros y le damos 50 rupias. Seguimos caminando por nuestra cuenta mirando techos, columnas, estatuas. No sé a qué hacer fotos, ni creo que ninguna sea capaz de mostrar la impresión que nos ha producido este sitio. Comento con Sara que es, casi sin duda, el sitio más bonito que he visto nunca, y ella está de acuerdo.

Todavía quedaban más cosas por ver.

En la galería de Picasa hay más fotos.

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