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El descanso del viajero

Sábado, 18/06/2011 (y 7)

Vamos a la tienda en la que nos dejó el autobús para buscar un taxi o lo que sea para ir a algún hotel.

Aquí no hay nada, ni taxis, ni tuctuc… por no haber no hay ni teléfono para llamar a los hoteles y que nos vengan a buscar. Nos acordamos del rato que tardó el autobús después de pasar por delante de ellos y no queremos hacerlo andando cargados.

Viendo que no hay nada que hacer y que estamos buscando un hotel el de la tienda nos pregunta a qué hotel queremos ir para llamar él mismo desde su móvil. Seguimos con la idea del Ranakpur Hill Resort, suena bien y no es muy caro, siempre según la guía. Les llama pero no consigue nada. No acabamos de entender si es que no se lo cogen o que no da ni señal.

Además de nosotros, con nuestra cara de no saber qué hacer, también hay un autobús en la parada. El de la tienda le dice al conductor que nos acerque a los hoteles, debe ir a Jodhpur así que pasará por delante. El conductor no está por la labor y le dice que no. Llama otra vez con el mismo resultado y nos tememos que nos va a tocar ponernos otra vez las mochilas y empezar a andar por la carretera. El de la tienda lo vuelve a intentar, esta vez con el que vende los billetes en el autobús. Mucho más receptivo le dice que no hay problemas, serán 10 rupias entre los dos. Tenemos que cambiar, pero no será problema, porque lo primero que tenemos que hacer es comprar agua. Como todo el tiempo estamos secos.

Esperamos a que suba todo el mundo y después lo hacemos nosotros. Los pasajeros nos dicen que nos sentemos y se apartan para que lo hagamos. La gente es muy agradable, pero es que van a ser cinco minutos y no queremos molestar, de hecho ni nos separamos de la puerta. Le pagamos al de los billetes y arranca.

Cuando pasa por delante del hotel le empiezo a pedir que pare, porque sigue adelante. No deben haberle dicho cuál era el hotel al que queríamos ir y como esto está lleno habrá decidido él por nosotros. Para a unos 500 metros del hotel. Estamos justo entre dos. Preguntaremos el precio en los dos y veremos en cuál nos quedamos, que los dos tienen muy buena pinta, al menos desde fuera.

Me quito la mochila. Necesito beber agua. Sara se la quita también y las dejamos a un lado de la carretera. Me quedo cuidándolas mientras ella se acerca al Ranakpur Hill Resort. Mientras la espero, llegan unos pastores con cabras. Son cuidadosos y dirigen el rebaño al otro lado de la carretera en lugar de ver como se comen a los Symbios. También han pasado unas vacas, pero con el rebaño, aquí parece que de verdad son de las familias y que no están en cualquier parte sueltas.

Sara vuelve con uno del hotel. Viene a ayudarnos a llevar nuestro equipaje. Preguntar en el otro queda descartado. Sara me dice que tienen un par de habitaciones, una por 1.650 rupias y otra por 2.100. Que las veremos y podremos elegir. La primera que nos enseña es la «barata». Está muy bien. Un poco alejada de la piscina, en realidad un poco alejada de todo. Está en un edificio separado. Hemos decidido que ésta nos vale, pero quiere enseñarnos también la otra.

Está frente a la piscina. Vemos que hay un montón de turistas indios en el agua y sentados en el borde. No notamos que haya mucho diferencia entre las dos, a parte del precio y la situación. Seguimos prefiriendo la primera, ahora más, los indios hacen mucho ruido y no sabemos hasta qué hora estarán jugando en el agua. Tampoco es que un poco de ruido nos vaya a impedir dormir, pero si no hay necesidad…

Nos hace una oferta. Rebaja la cara hasta 1.800 rupias. Sigue sin interesarnos. Los baños son iguales y desde las dos podremos ir a la piscina. No tenemos rupias para pagar, tenemos euros o tarjeta. No se puede pagar con euros (no los cambian) y, aunque se puede pagar con tarjeta, nos dice que están teniendo problemas con la línea telefónica y que no les funciona. Por eso no cogían el teléfono cuando llamamos desde la tienda. En cualquier caso, el de la recepción nos dice que no nos preocupemos, que es su problema. Nos dice que si sigue sin funcionar nos llevará a cambiar a un banco.

Le dejamos con «su problema» y nos damos una ducha rápida para quitarnos la arena del desierto de ayer. Tampoco se trata de dejar la piscina como una duna. Los indios de la piscina se sorprenden al ver a Sara. Las mujeres llevan una especie de camiseta-vestido con el que se meten en el agua, incluso las niñas. Algunos de los hombres también se bañan con camiseta. Casi todos los hombres están terriblemente gordos, y uno, nos llama la atención, lleva un flotador negro que se adapta a su barriga apretándola de manera que casi no le deja ni respirar.

El agua está casi más caliente que la de la ducha. Pero la sensación de frío que se tiene cuando nos sentamos en el borde la piscina es una sorpresa. Llevamos tres días en los que sólo debajo de los aparatos de aire acondicionado hemos tenido esa sensación, pero en la calle era impensable. Nos tenemos que volver a meter en el agua.

Casi una hora después volvemos a la habitación. La ducha está en el centro del baño, no hay un plato ni una bañera, sólo una alcachofa y un sumidero, pero el agua está caliente y hay jabón y champú. En la habitación, además del aire acondicionado, también hay un ventilador de techo. Aquí no tienen medida con la temperatura, el cacharro está puesto a 16 grados. Lo bajamos para no morir congelados al salir del baño, pero el ventilador sí que lo dejamos a tope.

Además de ducharnos nosotros también lavamos los pantalones y aclaramos los bañadores. Con el calor que hace no dudamos de que mañana por la mañana estarán secos. Si no, aunque estén un poco húmedos, no tardarán ni cinco minutos en secarse por completo con el calor hace.

Cuando acabamos vamos a buscar al de la puerta para ver si se le ha ocurrido cómo le vamos a pagar. Le vamos a decir que queremos coger el autobús que sale del aparcamiento del templo de Ranakpur hacia el Monte Abu, y que sale a las cinco y media de la mañana. Con eso de que aquí no hay tuctuc, ni taxis, ni nada le queremos pedir que nos lleve (aunque haya que pagar).

Todavía no ha tenido una idea «brillante». Su solución es esperar. Mañana por la mañana nos llevará al banco a cambiar y le pagaremos con rupias. Mala solución. Cuando le comentamos el tema del autobús lo descarta. Es evidente que no hay posibilidades de cambiar a esa hora. Tiene otro plan. Conoce a uno de una tienda de alfombras que está cerca y que tiene para pagar con tarjeta. Nos llevará allí y pagaremos. Pero no será ahora, nos avisará. Nos pregunta si queremos cenar primero. El restaurante del hotel está vacío, incluso tiene las luces apagadas, lo que nos lleva a pensar que no es muy buena opción. No es sólo la luz del restaurante lo que está apagado un momento después. Se va la luz de todo el hotel.

Ya empezamos. Nos acordamos de Nepal, aquí al lado, y sus cortes de luz de ocho o nueve horas… y de Uzbekistán, que también pasamos una noche a oscuras. El de recepción nos dice que no hay problema, que lo están arreglando arrancando no sé qué motor. Que volvamos a la habitación y nos avisará.

La parte buena de esta conversación, porque ser capaces de pagar está bien, pero ya suponíamos que encontraría la manera aunque fuera aceptando los euros, es que nos ha dicho que nos llevará él por la mañana. Se pondrá una alarma para despertarse.

Por suerte, la luz vuelve rápido. Algo sí que queremos comer: fuet y crackers. Mientras estamos comiendo vuelve a irse un par de veces. Pero acabamos sin más problemas. No hemos traído chocolate pero sí unas barritas energéticas que son papilla por el calor, a ver si un rato con el aire acondicionado nos deja comerlas mañana para desayunar. Otra cosa que nos ha llamado la atención del calor, es que el gel de ducha y el champú salen ardiendo de los botes.

Cuando acabamos de lavarnos los dientes viene a por nosotros. Nos lleva en su jeep hasta una tienda de artesanía cercana. Al llegar, al tiempo que apaga las luces del coche, se apagan las luces de todo. Se ha vuelto a ir la luz, aquí también. Vuelve, y con la luz, vemos que alrededor de las bombillas hay montones de mosquitos. No nos hemos echado el repelente después de ducharnos. Hasta ahora no había hecho falta, estando en el desierto el número de mosquitos disminuye mucho. Habrá que montar la mosquitera esta noche en el hotel.

Antes de pagar se vuelve a ir la luz. Esto va a ser más difícil de lo que parecía, pero, o pagamos ahora, o nos van a tener que invitar en el hotel. Desconecta el TPV de la tienda y conecta el suyo, para tenerlo todo preparado. En cuanto hay luz otra vez pasa la tarjeta y pagamos. Este hombre debe pagar la línea telefónica, no como los del hotel. Nos ofrece ver el trabajo del tipo de la tienda, pero no hemos venido aquí a eso y ya es tarde. En el último momento nos dijo que al pagar con tarjeta había un suplemento del tres por cierto. No vamos a ponernos a discutir… pero nos lo tendría que haber dicho antes. De todas formas, después de las maravillas que hemos visto hoy y de la piscina, las 50 rupias están bien gastadas.

No sabemos cuántas veces más se volvió a ir la luz por la noche. Sabemos que nada más llegar al hotel volvió a pasar. Fuimos a comprar una botella de agua al restaurante (¡50 rupias por un litro!, como la comida tenga un precio proporcional…) y en todas las mesas había candelabros con velas. Todos los indios estaban allí cenando.

En la habitación toca montar la mosquitera. Una obra de ingeniería digna de un documental. Consigo atar una cuerda al ventilador (que tengo que apagar) y de allí cuelgo la mosquitera. Algo más complicado de lo que esperaba. Queda demasiado pegada a los bordes de la cama y queda poco sitio para estirarse y no ahogarse con ella.

Recolocamos los pantalones para que se sequen. Incluso nos planteamos tenderlos fuera, parece que con el aire acondicionado no se acaban de secar. De todas formas antes de dormir lo apagamos, ya hemos tenido suficiente aire acondicionado para dormir en los trenes.

Debajo de la mosquitera descargo las fotos. Ya he llenado un par de tarjetas de memoria y hay que vaciarlas para poder seguir. Aunque de lo que más ganas tengo es de dormir, después de dos días sin haber escrito nada del diario, Sungin se quedó en Jodhpur, más vale que escriba aunque sean sólo líneas en plan telegrama y ya lo «desarrollaré» en Madrid. Total es lo que ya empecé a hacer en la estación de tren. Hacía demasiado calor para pensar.

Necesitamos dormir. Yo, un montón. Estoy más recuperado: los autobuses y sus siestas, los templos espectaculares y, sobre todo, la piscina y la ducha, han ayudado a que esté más o menos bien, pero, en cuanto pongo la cabeza en la almohada vuelve todo ese cansancio y caigo redondo.

Por si fuera poco, el despertador ya está puesto a las 4.30 de la mañana. Hemos quedado con el de recepción a las cinco en punto para llevarnos al autobús.

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