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Los templos de Osiyan

Sábado, 18/06/2011 (2)

Para entrar al templo hay que subir varios tramos de empinadas escaleras cubiertos por impresionantes arcos esculpidos. Como los fuertes que hemos visto, está en lo alto de una colina. En el primer tramo hemos visto que algunos dejaban los zapatos y nos disponíamos a hacerlo nosotros también cuando un local nos ha dicho que no hacía falta. Que podíamos subir con ellos, más arriba sí que sería obligatorio descalzarse pero los primeros tramos de escaleras no eran tan sagrados. De hecho, él, y algún otro con el que nos cruzamos, va calzado.

Me hago viejo. Sigo muy cansado y todos estos empinados escalones con la mochila y la cámara no ayudan. En uno de los «descansillos» entre tramos me tengo que sentar. Sara lleva un rato tratando de que el que nos ha dicho que podíamos seguir calzados se dé cuenta de que no queremos un guía sin mucho éxito. Así que, además de para descansar me siento también a ver si el otro sigue subiendo a rezar y nos deja tranquilos. Estamos saturados después de todo el día de ayer con Rahul.

No hay manera. Hay que decírselo con total claridad y casi ni por esas. Al final acepta que no va a conseguir nada de nosotros y sigue su camino. Delante del manara, el pabellón que se alza delante de un templo, se encuentra una impresionante torana, portalón de entrada.

El templo se construyó en varias fases y tiene varios «templos» dentro, el principal y Chandi Ka Mandir, templo de Chandi Ka, y Amba Mata Mandir, el templo de Amba Mata. Hay gran cantidad de imágenes y esculturas de dioses hindúes. El color de la piedra de los techos, la propia piedra gastada por la arena del desierto, nos recuerdan más, si cabe, a esos templos perdidos en mitad de la selva con la roca comida por los árboles.

A diferencia de los suelos de otros templos aquí hay bastante arenilla, de nuevo el desierto haciendo de las suyas, y más gente limpiando. En algunas zonas el suelo está mojado, lo que nos hace dar rodeos hasta que decidimos que tampoco nos va a pasar nada y caminamos sin preocuparnos más. En uno de los templos nos preguntan si tenemos comida. Es habitual hacer ofrendas de comida a la diosa. Lo único que llevamos son las almendras y más vale que las guardemos que hoy también habrá que tomar el malarone sólo con ellas en el estómago.

Desde aquí arriba vemos dónde está otro de los templos más conocidos de la ciudad, el templo de Mahavira.

Está en la zona baja de la ciudad, rodeado de edificios, pero su altura y su color blanco destacan. El templo se construyó en el año 775 aproximadamente, aunque se añadieron más edificios en el siglo XV. Consta de un santuario interior y tres ventanas con balcones.

La entrada al templo, 1015, tiene esculturas de hermosas doncellas. De nuevo, como nos ha pasado antes con Sachiya Mata, y ya viene siendo habitual, nos deja con la boca abierta.

Estando en el interior preguntamos por los demás templos que aparecen en la guía. El guarda, hay un guarda en la puerta que nos ha pedido que nos descalzáramos (eso ya lo sabíamos) y que dejásemos la botella de agua fuera (esto ya nos lo dijeron en Jaisalmer, antes en Sachiya Mata no llevábamos agua), no nos entiende y llama a otro. El que llega habla un poco de inglés y, al vernos con la guía Lonely Planet, nos dice que él está allí. En esta zona estar en la Lonely Planet es ganarse la vida con soltura, todo el mundo lleva una. También en Uzbekistán se buscaban en la guía.

Este buen hombre, que tiene una pensión, organiza excursiones al desierto y, según la guía, siempre está dispuesto a explicarte cosas de los templos, nos dice que es artesano.

Su hijo y él se encargan del mantenimiento del templo. Nos explica que son autodidactas y que, sobre todo él porque lleva más años, ha hecho muchas de las cosas del templo que nos han dejado con la boca abierta.

No recuerdo si le preguntamos nosotros o si fue él quien sacó el tema. El caso es que nos habló de los jainistas. No sabíamos nada de ellos, a parte de su maestría haciendo templos, y fue interesante conocer sus principios. Eso fue lo que nos contó, sus cinco principios fundamentales:

  • Son vegetarianos estrictos. Es más, no comen ni siquiera nada verde, sólo comida seca. Tampoco comen nada que crezca bajo la tierra, porque al arrancarlo podrían matar algún animal.
  • No pueden desplazarse más que andando y descalzos, con lo que no viajan fuera del país.
  • No pueden cortarse el pelo con tijeras, sólo arrancarlo con las manos.
  • Llevan la boca tapada, para que, al rezar, la saliva no caiga sobre los libros, ni sobre la gente al hablar.
  • No pueden beber agua mineral, sólo agua hervida y, a ser posible, filtrada para evitar matar microorganismos.

Los hay más fundamentalistas aún, que van desnudos, o vestidos de cielo, y barren el suelo que pisan y en el que se sientan, son los digámbaras. La otra corriente la forman los svétambaras.

Le preguntamos por el otro templo que hemos visitado y nos dice que es hinduista. Nos confirma que el resto de templos están cerca de la estación de autobuses, hemos visto algunos al llegar. Como nos ve un poco perdidos también nos da indicaciones para llegar. A la izquierda y luego a la derecha siguiendo la calle de cemento. Allá que vamos.

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