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El desierto de Thar

Viernes, 17/06/2011 (6)

A las 16.15 se acerca a nuestra mesa con un turista. No tenemos muy claro de donde será. Por el aspecto parece irlandés o británico, pero no lleva sandalias con calcetines. Nos dice que vendrá con nosotros, a lo que nosotros aprovechamos para decir que siendo tres será más barato. Es evidente que con lo que hemos acordado tiene margen de sobra porque nos dice que sí, que luego hablaremos sin discutir las 200 rupias que le hemos dicho que nos descuente. Ellos van bajando porque le tienen que decir al conductor del otro que se va con nosotros al desierto.

Montamos en el jeep, que se ha convertido en una especie de mezcla de furgoneta y monovolumen de siete plazas, y nos vamos hacia el desierto. El turista es alemán. También lo habíamos descartado por el tema sandalias… Está aquí por trabajo. Su empresa tiene la central en Bombay y ha estado una temporada allí trabajando. Antes de volver a Alemania se ha cogido unos días y está visitando parte de Rajastán. Un viaje un poco extraño porque entendemos que sólo ha estado en Jodhpur, porque el avión le dejó allí, y que lo siguiente que hizo fue coger el coche, que le buscó la compañía, y venir a Jaisalmer, aprovechando que aquí también hay turbinas. Le gusta su trabajo.

A él, Rahul le ha convencido hablando en inglés. Su conductor no habla una palabra de inglés y, aunque nos dice que es muy organizado y controla muy bien los tiempos, le resulta imposible comunicarse con él si no es a través de la gente del hotel. En cuanto le hablaron en inglés se dejó llevar.

Es ingeniero de software, lo malo abunda, y trabaja para una empresa india de molinos de viento. Camino del pueblo del desierto vemos algunos de los molinos de su compañía y otros de la competencia. Incluso paran el coche para que le haga unas fotos a las aspas de un molino de la competencia que están transportando en camión.

En el viaje está incluida el agua y la cerveza. Ya le hemos dicho que nosotros no bebemos cerveza, a lo que él no deja de responder «no beer, no life» (sin cerveza no hay vida). Después siempre puntualiza que él no bebe mucho, una o dos de vez en cuando. El alemán sí que bebe cerveza y, nada más salir de Jaisalmer, paramos en una tienda para comprar agua y cerveza. Compra seis o siete botellas de agua de litro. La cantidad está bien, pero si las compras ahora en diez minutos serán un caldo que no habrá quién se lo beba.

La cerveza es para hombres de verdad. La hay fuerte y suave, la fuerte tiene nueve grados de alcohol, el doble que una cerveza normal, y la botella es medio litro. Obviamente él, como guerrero que es, bebe la fuerte.

Le preguntamos cómo es posible que haya tantas vacas sueltas por las ciudades, vacas, toros y terneros. Nos cuenta que ellos tienen treinta y tres millones dioses y que las vacas son seres en los que se reencarnan, son recipientes de dioses. Muchos dioses nos parecen, ya lleva media botella de cerveza y lo de los números puede que ya no vaya tan afinado. Buscándolo luego en internet hemos comprobado que el número es correcto. Son treinta y tres millones de dioses los que viven en el monte Meru.  Además nos explica que las vacas, aunque parecen sueltas y «abandonadas», son cada una de una familia. Las familias tienen una vaca para llamar a la prosperidad, es tener un dios vivo en casa, y las alimentan. Según él, cuando la vaca tiene hambre y no encuentra comida (cosa que no sucederá mucho porque basura por el suelo hay toda la que la vaca quiera), vuelve a la casa de su familia y allí encuentran la comida que deseen. Siendo él de los ricos le preguntamos cuántas vacas tiene. Ahora mismo ninguna, pero hace unos años tuvo dos.

Al entrar en el poblado del desierto para ver las cabras le preguntamos si hay algo más que ver que cabras. No hay nada más y cabras también tenemos en Europa. Por otra parte nos tememos una pequeña encerrona, seguro que alguien saca artesanía hecha a mano o nos piden una ayuda o lo que sea. Mejor sigamos camino hasta el desierto que es a lo que hemos venido.

Le trastoca un poco los planes, pero el punto alegre que le ha dado la cerveza le ayuda a aceptarlo. Directos al desierto con la música hindi discotequera a todo volumen y dando botes por los baches de la carretera.

Al final del camino llegamos a una casa de una planta frente a la que están sentados un par de camellos y nos esperan dos niños y un adulto. El tercer camello está en camino. Le pedimos que ponga las botellas de agua en algún sitio, la idea es llegar con ellas al desierto y no dejarlas en el coche para que se calienten más todavía. Mientras esperamos que llegue el tercer camello Rahul y el conductor van a comprar otro par de cervezas, tanto el alemán como él ya se han bebido la primera.

El alemán, al darse cuenta de que ya hemos montado más veces en camello, me pide un consejo, lo que sea que tenga que tener en cuenta. Cuidado con el palo que sobresale de la silla en medio de las piernas, cuando el camello se incorpora levanta primero las patas traseras y tú te vas para adelante… hasta que te frena en seco ese palo golpeando donde más duele. Me lo agradece efusivamente.

Cuando llegan con la cerveza les pide que se la guarden, bastante tiene con agarrarse a la silla como para ir bebiendo cerveza encima del bicho. Rahul se queda en el coche y nos deja en manos de los niños y el adulto. El adulto lleva el camello del alemán y los nuestros los lleva cada uno un niño. El que lleva las riendas del mío va descalzo sobre la arena y las ramas secas del desierto.

La guía dejaba claro que no esperásemos encontrar dunas como las del Sahara, así que pensábamos que sería un desierto más parecido al de Uzbekistán, al de Ayaz Kala. Pero después de un rato vemos aparecer auténticas dunas, tampoco muy grandes ni muchas, pero dunas. El alemán está contento.

Bajamos y nos metemos en la arena. Sara lleva las sandalias y se las quita, yo llevo las zapatillas y me las quito también. El alemán, Maik (suena como Mike), nos dice que no es como el desierto de Namibia pero que está bien. Resulta que ha estado en Namibia un par de veces, su novia tiene familia allí, pero lo que no había hecho nunca era montar en camello.

Nos cuenta que Bombay es la ciudad más caótica que ha visto nunca. Debido al estilo de conducción local, la empresa prohíbe a cualquier extranjero coger un coche y les busca un conductor, incluso para ir desde el hotel a la fábrica que está a 200 metros. Le preguntamos por Delhi pero nos dice que no ha estado allí. Nosotros tampoco. No salimos del aeropuerto, pero no esperamos que sea mucho mejor. Habrá que hacerse a la idea. Uno de los conductores que ha tenido era casi más peligroso que el propio tráfico. Atropelló a uno en un pueblo, no creemos que fuera muy grave. Pensaba que lo iban a linchar y aceleró saliendo de allí quemando rueda. Tampoco hablaba inglés y éste no sabía cómo decirle que parara. Al llegar a la siguiente ciudad todo el mundo estaba en la carretera esperándole y le obligaron a parar. La historia no contaba qué le había pasado al conductor.

Cuando le contamos que hemos estado en África, no en Namibia, pero sí en Tanzania y en Sudáfrica, y que cuando hicimos los safaris en Tanzania dormíamos en tiendas dentro de los parques se sorprende mucho. Considera muy peligroso estar allí dentro. Le explicamos que los parques de Kenia y Tanzania no tienen vallas, así que «siempre estás dentro del parque» a poco que estés cerca. En uno de sus viajes también pasó a Botsuana y visitó el delta del Okavango.

Una de las atracciones del paseo iba a ser ver la puesta de Sol en el desierto pero el calor lo hace imposible. Hay mucha calima y bruma. El Sol todavía no se ha puesto, pero ya no es visible cuando nos llaman nuestros camelleros para volver.

Para Sara ponerse las sandalias otra vez es fácil, Maik no se quitó las zapatillas (que ahora llevará llenas de arena), pero para mí es complicado quitarme la arena, ponerme los calcetines… Así que me monto descalzo en el camello y ya me pondré las zapatillas en la furgoneta.

El chaval que lleva mi camello me ha debido ver con ganas de marcha y se pega una carrerita haciéndome saltar sobre la silla. Si no me he querido montar esta mañana en la moto porque la última vez acabé en el cirujano, ¿qué demonios estoy haciendo galopando en un camello?

El paseo termina cerca de la carretera. Desde aquí vemos la furgoneta que está aparcada a la sombra de un árbol. Lo de ir descalzo hasta entrar en el coche lo descarto en cuanto pongo el pie en el suelo. No sé qué callo tendrá el niño en las plantas de los pies pero las ramitas secas se clavan como alfileres. Me siento en el suelo, clavándome las ramitas en el culo, para ponerme las zapatillas.

Lo de coger un tren esta noche sin pasar por un hotel, en realidad, sin pasar por una ducha, después del paseo por el desierto no parece una buena idea. Estamos casi rebozados en arena, se ha pegado a la piel por el sudor y no hay manera de quitársela de encima. La parte “buena” es que no tendremos mucho sitio para dar vueltas en el coche cama del tren. No podrá rozarnos la arena cuando nos movamos. Maik nos deja claro que él, lo primero que hará cuando llegue a su hotel será ducharse…

Nos dijo Rahul que, aunque ya les pagaba él, era de recibo darles una propina a los camelleros de unas 40 rupias. No nos hace ninguna gracia darle dinero al tío cuando está haciendo trabajar a los dos niños que no tendrán más de ocho años, pero pensemos en que están ayudando a su padre porque están de vacaciones en la escuela.

En el camino de vuelta Maik nos pregunta si queremos ir a cenar. Nos parece un tipo simpático y podría estar bien, pero no queremos que Rahul siga metiéndose, ya estamos cansados de él. Nosotros tenemos que pagar primero y luego ya veremos. No queremos concretar porque el otro está delante y ya nos ha dicho que nos lleva a un restaurante fantástico. Primero pagar y luego despedirnos de ti.

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