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Llega el monzón

Jueves, 23/06/2011 (5)

Camino del hotel nos dice Ilu que no funcionan los frenos. Lo dice con una sonrisa pero como broma no tiene mucha gracia. Cierto que vamos bastante despacio en ciudad pero tendrá que parar en algún momento. Dice que no pasa nada, que llevan un rato sin funcionar y que va frenando con el motor y el «freno de mano» (no sabía que esto tuviera algo así). A ver si llegamos pronto al hotel porque por bueno que sea conduciendo y práctica con el tuctuc no le falte lo de los frenos nos ha quitado mucha de la poca seguridad que teníamos aquí montados.

Nada más bajar, en el camino de acceso al hotel, le damos a Ilu las 450 rupias convenidas. Como ayer nos vuelve a mirar con cara de que se merece más por el trabajo… pero igual que ayer el precio estaba pactado.

Nos quedamos un rato en la sala común del hotel. La contraseña de la wifi todavía es válida y podemos revisar el correo y mirar los trenes para mañana después del safari. No ha habido cambios: están todos llenos. Confiamos en que en la estación tengan algo más y podamos comprar alguno. Ya nos pasó en Udaipur, no había disponibilidad en internet y el de la agencia nos lo encontró. Acaba de llegar un grupo de estadounidenses, deben ser más de veinte entre unas cosas y otras. Va a ser por estos por lo que ayer nos dijo el de recepción que tenían sitio, pero sólo una noche.

La cena de ayer estuvo muy bien, hoy podemos volver para comer. Sólo hay que subir las escaleras hasta la azotea, las justas esta vez. Contando con el tiempo de preparación de la comida todavía vamos sobrados. Hemos quedado con Ilu para que nos lleve después a la estación.

En el restaurante nos encontramos con alguno de los americanos. Las mesas que están fuera de la zona techada están libres pero preferimos una a cubierto, tampoco hace falta que el sol siga calentando ahora. Según van subiendo el resto del grupo nos tenemos que ir moviendo para dejarles sitio alejando nuestra mesa cada vez más. Por si fuera poco el cielo se vuelve a romper y se pone a llover como si se fuera a acabar el mundo. Ahora hay que apretarse más todavía porque algunos estaban sin cubrir y corren bajo techo. En otra mesa hay un grupo de franceses. No entiendo a la gente que en cuanto llegan a un albergue o a un hotel como éste, deciden que lo mejor que se puede hacer a partir de ese momento es ir descalzo. Como si eso enriqueciera la experiencia. Las dos francesas van descalzas y el agua está subiendo en la azotea. Tanto que los camareros han tenido que retirar también la caja registradora y están revisando los enchufes.

La comida es tan buena como la de ayer y puede que un poco más rápida. En todo este tiempo no ha dejado de llover y ya hay un centímetro de agua por toda la terraza. No quiero ni pensar cómo estarán las calles…Entre unas cosas y otras ha estado más de una hora lloviendo con una fuerza de monzón. Por suerte para cuando llega la hora de irse.

Ilu está abajo esperándonos y nos dice que tenemos suerte. Su tuctuc tiene un techo algo más rígido que los demás y sin agujeros, es «acuático».

Y tanto que lo es. En cuanto salimos de la calle del hotel nos encontramos con lagos por el camino. Tanto que tiene que cambiar de ruta un par de veces porque ni él se atreve a meterse ahí. La gente parece estar acostumbrada y caminan, con sus sandalias en la mano, con el agua hasta los tobillos. Prefiero no pensarlo. Las calles están llenas de suciedad y ahora esa suciedad estará flotando entre los pies de la gente. Los anticuerpos y las defensas de los indios son de otra pasta.

A pesar de cambiar de ruta al final no le queda más remedio que meterse en una balsa. Lleva la rueda delantera haciendo zigzag todo el tiempo para evitar que se quede bloqueada. No puedo evitar pensar que nos atascaremos y tendremos que caminar sobre las aguas. Sara ha decidido que se pondrá las zapatillas de treking antes de bajar. Seguir con las sandalias no es una buena idea.

Tan mal está la cosa que Ilu no nos puede dejar en la estación. Está todo bloqueado. Nos deja en la acera de enfrente, justo delante de la oficina de reserva de billetes. En todas las estaciones los billetes se venden en la propia estación, pero los que son para otro origen se venden fuera. Es una suerte, podremos comprar el billete de vuelta de mañana sin tener que esperar a llegar a Sawai  Madhopur. Sara ha visto que entre Sawai Madhopur y Agra está Fatehpur Sikri, la ciudad mongol de India.

Habíamos quedado en 50 rupias por el viaje, pero le doy 100. Puede que no haya sido más que una actuación, pero me ha parecido un buen tipo.

En la oficina de reservas nos dicen que no hay tren entre Sawai Madhopur y Fatehpur Sikri. En la web sí que aparecía, aunque sin plaza. Sólo hay a Agra. Pero, como en la web, aquí también nos dicen que no hay sitio en ninguna categoría. Hay un tren a las once de la mañana, que no habíamos visto, que está lleno. Otro a las 11.25, el que habíamos visto, que también está saturado. No hay asientos hasta el 22 de julio. ¡Hoy es 23 de junio! ¿Espera que estemos un mes en Sawai Madhopur?

La categoría más baja de los trenes no tiene límite de plazas. Ya lo hemos visto cuando llegaban los trenes a la estación. Los dos o tres vagones de Second General están saturados, con gente sentada en las escaleras. Como no hay límite tampoco hay posibilidad de comprar el billete con antelación. Siempre te lo van a vender, pero sólo unas horas antes de que salga y en la estación de origen.

Ya encontraremos la manera de salir de allí.

Por primera vez vamos a montar en un tren sin aire acondicionado. Probaremos la Sleeper. Como el clima está así de raro tampoco se echa tanto de menos el aire acondicionado, además de que son unos exagerados y al final acabas necesitando una manta. Los vagones de Sleeper son iguales que los de AC3 Tier, tres niveles de literas, pero con ventiladores en el techo. La otra diferencia es que las ventanas se pueden abrir y tienen barrotes de hierro horizontales como si fueran de cárcel.

Encontramos nuestros asientos y colocamos los Symbios debajo. A estas horas la gente va sentada y la litera intermedia no está montada. Frente a nosotros hay un grupo de mujeres sentadas. Un par de hombres están andando todo el rato entre nuestro cubículo y el de al lado. Nos miran como esperando algo pero no sabemos qué y tampoco tenemos mucho interés en saberlo. Estamos seguros de que estamos donde debemos y no queremos problemas si pasa un revisor. Al final se deciden y empiezan a hablarnos. Pero en hindi…

No sabemos qué quieren. No hay manera de que nos entendamos, pero ellos cada vez hablan más alto, parece que se están ofuscando por no conseguir que nos entendamos. Nos da igual. Sara, recordando sus momentos de Rusia, empieza a hablar en su idioma inventado. No nos entenderemos de ninguna manera… Nos da la impresión de que tienen parte de la familia aquí, las mujeres, y otra parte debe estar al lado. Deben querer que nos movamos, pero no entra en nuestros planes ponernos a jugar con los asientos.

Todo el camino, las dos horas que tarda el tren en llegar, los dos tipos no dejan de hacer gestos y comentarios entre ellos. En nuestro banco, de tres plazas, se acaban sentando otros dos y hasta tres en algunos momentos, con niños. En el de enfrente también van cinco, pero todas mujeres bien crecidas.

Es bastante molesto sentirse observado y ser el centro de una conversación que no entiendes. Parecen la familia de la película de ayer, se mueven como en una película de risa.

Por si fuera poco está lloviendo. Vemos carreteras completamente anegadas y puentes cubiertos de agua… Mala señal para nuestro safari de mañana. Hemos cerrado la ventana porque el agua entra. A los otros parece que les molesta que lo hagamos más que la lluvia y con gestos nos piden que la abramos. Les decimos que está lloviendo y que todas las ventanas del vagón están cerradas, y somos los únicos turistas del vagón. Vamos, que a los indios, al menos a los demás, también les molesta mojarse.

Tenemos que preguntarles a ellos por Swai Madhopur, para saber cuándo bajar. Lo hacemos cuando ya han pasado casi las dos horas del viaje. Eso les hace felices, saben que en breve podrán hacer lo que quieran en cuanto nos bajemos. Nos dicen que la próxima con una sonrisa de oreja a oreja.

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