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Hacia el hotel en Delhi, se acabó el espectáculo

  

Domingo, 26/06/2011 (5)

Sabemos, por la guía, que el Fuerte Rojo es como los demás. Tiene un Diwan-i-Am, un Diwan-i-Khas… serán distintos, puede que incluso mejores, pero no nos compensa. Antes de bajar los muchos escalones para llegar a la calle hemos decidido coger un tuctuc hasta la estación de metro más cercana. No vamos a la más cercana, Chowri Bazaar, porque queremos pasar, aunque sea por delante, del Fuerte Rojo, así que iremos a Chandril Chowk.

La calle está llena de tuctucs, de vendedores, de gente andando de un sitio a otro y, por supuesto, coches, motos, autobuses. No es necesario cruzarla para llegar a los conductores y tratar el precio, porque no sabemos cómo lo íbamos a hacer. No hay hueco por el que pasar.

Le pedimos al conductor que nos lleve a la entrada del Fuerte Rojo de camino a la estación de metro. Con todo el jaleo que hay, entre ruido y confusión, no estamos muy seguros de que nos haya entendido. Nos pide 50 rupias. Esta vez, por ser el último tuctuc que vamos a coger no vamos ni a regatear. También es porque no se ha vuelto loco y nos ha pedido las típicas 200 que parece que es lo normal al turista.

Resulta que no nos ha entendido bien. Ha pasado por delante del fuerte pero no ha hecho ni el menor amago de parar. Le habíamos dicho que queríamos hacer unas fotos antes de llegar al metro. Cuando conseguimos hacérselo ver nos dice que es que allí no puede parar. Nos parece muy bien, pues para en otro sitio y espera a que hagamos las fotos.

Sara se queda en el tuctuc con las mochilas mientras yo voy esquivando todo el tráfico y la gente hasta llegar frente al fuerte. Unas fotos de la fachada y vuelta al tuctuc.

El conductor nos deja en la entrada de una zona peatonal diciéndonos que la entrada del metro está al lado. No tenemos muy claro que lo esté, pero tampoco vamos a discutir más. De camino a la estación, en el caso de que esté ahí, nos encontramos con un templo. Al final sí que estaba donde decían.

El metro tiene el mismo aire acondicionado tan agradable, y el mismo control con cacheo a la entrada. Nosotros vamos más sudados y sucios que antes, con unas pocas horas más de mochilas y de sol no podíamos mejorar. El militar de los sacos terreros sigue ahí con su metralleta preparada.

En esta ocasión los policías de la entrada vuelven a cachearnos. Esta vez con peor cara. Nos han dicho que no nos quitemos las mochilas y cuando meten la mano entre la espalda y la mochila no entendemos como no se ponen un montón de guantes.

El metro de la línea express al aeropuerto es como los nuevos vagones de cercanías. Incluso tiene pantallas con las paradas y una voz masculina avisa de las paradas en indio, mientras una femenina lo hace en inglés. La parada en la que queríamos bajar nosotros no es la única que no está abierta. No entendemos el motivo. Todas están completamente acabadas, incluso hay vigilantes de seguridad, pero el metro no para. Podía haber parado y nos habría liberado de las mochilas hace mucho tiempo.

Salimos en la última estación, el aeropuerto.

Sin llegar a entrar siquiera en la terminal nos vamos a buscar un taxi. Vemos que hay varios tipos de taxis, están colocados en línea en distintos andenes. No hace falta llegar hasta allí porque cada compañía tiene un puesto a la salida de la terminal en la que se gestionan las carreras.

La primera compañía nos pide 350 rupias por llevarnos al hotel. Sabemos, aunque el móvil no ha cogido GPS, que desde la terminal al hotel no hay ni cinco kilómetros. Nos parece más robo que los tuctucs en plena ciudad. Aquí se aprovechan de que la gente acaba de llegar de sus países y que todavía no se han dado cuenta de que aquí los precios son más bajos, mucho más bajos.

La segunda compañía cobra por kilómetro, 20 rupias y un suplemento por impuesto de 80 rupias más. Lo que pasa es que, según ellos, el hotel está a unos 8 ó 10 kilómetros. Así que, el precio final están entre 240 y 260 rupias. Nos sigue pareciendo un robo. Son unos simpáticos porque, aunque dicen que cobran por kilómetro, el precio lo ajustan antes de salir del aeropuerto. El móvil ya tiene señal y nos dice que estamos a poco más de tres kilómetros del hotel. De todas formas el precio sigue estando en 250 rupias, lo que marque el GPS no le importa. Cuando le decimos que es muy caro nos dice que al fondo hay otra compañía de taxis más barata, sin aire acondicionado.

Al ir hacia el fondo nos cruzamos con otro tipo de taxi, un especie de monovolumen. El conductor, que nos ve con las mochilas y piensa que acabamos de llegar y necesitamos un transporte como sea, nos pide 400 rupias. ¡Hemos pagado eso por una noche de hotel! Según él es que el coche es grande. Muy bien, tampoco nos hace falta tanto espacio, llevamos todo el día moviéndonos en tuctuc con todas las mochilas.

En la compañía barata tampoco se tiran mucho el rollo. Su precio son 170 rupias. De acuerdo, no vamos a seguir luchando que ya llevamos un día duro. Se paga directamente en el mostrador de la compañía, te dan un resguardo y con él vas a la cola de taxis y coges el primero.

El primer taxista no tiene ni idea de dónde está nuestro hotel. A pesar de que asiente cuando le decimos Hotel Eurostar International luego no hace más que preguntar a los que están alrededor. Incluso lo hace cuando ya hemos salido del aeropuerto. Por mucho que le enseño el mapa en el móvil decide ignorarme y seguir preguntando.

Nos pasamos la calle del hotel. El GPS no miente. Se lo decimos y no hay manera. Para a preguntar y, como no podía ser de otra forma, le dicen que se ha pasado. Con esfuerzo acepta que se ha pasado y acabamos en la puerta de nuestro hotel. Justo donde decía el mapa.

  

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