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El Botafumeiro de Santiago de Compostela

Santiago de Compostela Fachada Catedral

Pasar por Santiago de Compostela y no visitar la Catedral es no haber estado en Santiago de Compostela. La catedral se sitúa en la plaza del Obradoiro. En realidad la propia plaza le debe su nombre, obradoiro significa, en gallego, «taller artesano«. Era en este espacio donde se situaban los maestros canteros y artesanos que dieron forma a la catedral, al hostal de los Reyes Católicos (antiguo albergue de peregrinos y Hospital Real y hoy parador de lujo), al ayuntamiento y a la universidad.

Tampoco se puede visitar Santiago de Compostela sin que algo de lluvia moje sus calles empedradas y te haga resguardarte en sus muchos soportales. Nosotros estuvimos allí en febrero, 2010, y la lluvia no se hizo esperar. Nada más bajar del avión nos saludó en el aeropuerto y nos acompañó en el autobús hasta el centro de la ciudad. Nos obligó a resguardarnos en la Catedral, entrando por la puerta lateral.

Pero la fortuna estaba de nuestro lado. Se estaba celebrando una misa. Una misa importante, con presencia del obispo y de otro alto cargo eclesiástico (no estoy muy puesto en la jerarquía) portugués. Eso, con la ayuda de la lluvia, hacía que la catedral estuviera llena de gente. Tan llena que nos tuvimos que quedar pegados a la puerta bloqueados nada más entrar.

Todos habíamos estado ya en la catedral en más de una ocasión pero ninguno había visto el botafumeiro de Santiago de Compostela en acción. La traducción de botafumeiro no puede ser más clara: «esparcidor de humo». En un momento dado los ocho tiraboleiros se situaron frente al altar y soltaron la cuerda que sujeta al incensario.

Su puesta en marcha se remonta a una época entre 1150 y 1325. El anterior botafumeiro fue construido gracias a una donación de Luis XI de Francia (hacia 1554), pero los franceses, las tropas napoleónicas concretamente, se encargaron de llevarlo de vuelta a su país (en 1809), más que nada porque estaba fabricado en plata.

Santiago de Compostela Botafumeiro luzEl tamaño en este caso importa. La cantidad de peregrinos y la falta de condiciones higiénicas hacían que el interior de la catedral oliera como un establo, con lo que la cantidad de incienso a esparcir para contrarrestarlo tenía que estar en consonancia. En la actualidad, las condiciones higiénicas han mejorado… pero los albergues del camino suelen estar tan repletos que tampoco es fácil llegar «oliendo a rosas» frente al Patrón. Metro y medio de altura y más de 50 kilos de peso, desplazándose colgados de una cuerda de un extremo a otro de la nave transversal de la catedral, lo convierten en el mayor incensario del mundo.

Pero el tamaño también tiene sus inconvenientes. La cantidad de energía que desarrolla al moverse ha dado lugar a más de un accidente al romperse la cuerda que lo sujetaba en pleno vuelo. Traza un arco de 65 metros a 68 kilómetros por hora alcanzando una altura máxima de 21 metros.

La ciudad nos compensó de la lluvia, aunque no dejó de chispear en casi ningún momento, con el vuelo del botafumeiro, y para cuando salimos ya no jarreaba.

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