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A la carrera

Martes, 21/06/2011 (y 5)

A eso de las 19.30 nos vamos de Pushkar. Por primera vez es un autobús con dos filas de dos asientos, el más occidental de todos los que hemos visto hasta ahora. Eso sí, la «limpieza» sigue siendo india.

Como pensábamos se ha ido llenando de gente y para las 20.10, que es cuando llegamos a la estación de autobuses, va hasta arriba. La siguiente parada es la de tren, que está más cerca de nuestro hotel, así que, en un alarde de improvisación nos quedamos montados con la esperanza de que sea para mejor. Al pasar por delante del hotel, que lo hace, le pedimos (a gritos) al que vende los billetes que pare. Esto es como en Perú y en el resto de sitios visitados, el autobús no tiene paradas fijas y cada uno pide que le paren donde quiera.

No nos deja tan cerca del hotel. Ha pasado como en Ranakpur, desde que le gritas hasta que decide parar se van 200 o 300 metros. Para salir tenemos que ir esquivando a la gente y casi abriéndonos camino con brazos y codos. Cuando estamos fuera me doy cuenta de que no tengo la gorra. La llevaba en el bolsillo del pantalón y está vacío.

Les grito por la ventana y los que han ocupado nuestro sitio ponen cara de que allí no hay nada… aunque también podría ser cara de que no me entienden. Uno señala hacia adelante como diciéndome que parará un poco después y que podrán buscarla mejor. Pero mientras dice eso el autobús ha arrancado y se va. Allá que voy. Corriendo entre autobuses, camiones, coches, rickshaws con y sin motor y muchas vacas. Lo mejor para los pulmones es darse una carrera con este aire tan puro.

La parada que me decían era la estación de tren y hasta allí llego corriendo tras el autobús. Sara se ha quedado nada más bajar con la cámara. Al empezar a correr le dije que me esperara.

Subo al autobús y me dejan mirar en nuestro asiento. Al agacharme a mirar noto una presión en el bolsillo del pantalón. Pero en el otro bolsillo. Todo el viaje he llevado la gorra en el bolsillo derecho y noto algo en el izquierdo. Lo que noto es la gorra. Pero mi «elegancia» me impide demostrárselo a los del autobús que ya llevan un rato riéndose de mí. No hace falta darles más motivos y con cara de pena y tristeza les digo que no está, que la habré perdido en otro sitio y me bajo.

Al bajar, y confirmar que sí que tenía la gorra, pienso que Sara debe estar preocupada. La he dejado allí sola y me he puesto a correr entre el tráfico. No sabrá si no me han atropellado siquiera… Me pongo a correr, con más cuidado esta vez, camino de donde se quedó. Antes de llegar me cruzo con ella. La veo porque me llama a gritos, y le cuento la historia. Un poco de ejercicio aeróbico que hace mucho que no corro… No creo que aquí organicen carreras populares. Cualquiera que corra más de un cuarto de hora aquí acabará con los pulmones negros como si hubiera estado años fumando sin parar.

En el hotel no hay nadie en la recepción. Por suerte nos llevamos la llave así que podemos entrar en la habitación. Para lo que sí necesitaremos al de recepción es para arreglar el aire acondicionado. Estamos, bueno, todavía no hemos pagado, pagando un dineral por una habitación con aire acondicionado y resulta que no funciona. Cuando salimos esta mañana lo dejé apagado, no me parecía que hiciera falta teniendo en cuenta que no volveríamos hasta tarde, y ahora no arranca. Por si eso fuera poco tampoco se enciende la televisión, otra cosa que no es que hayamos usado mucho hasta ahora, y sólo hay una toalla. Tampoco tenemos agua, que ahora es más urgente.

Con el agua comprada salgo a por el de recepción. Me da la impresión de que el tipo me está ignorando y, el hecho de que a los diez minutos de decírselo no haya pasado por la habitación, me lo confirma. Ahora es el turno de que lo intente Sara. A ella le hace más caso. De hecho vuelve con una toalla que le ha dado directamente y, como a mí, le ha dicho que ahora se pasaría a ver qué sucede con las cosas eléctricas. A ella no le ha mentido y al poco llama a la puerta.

Toquetea un poco el cacharro y se va dejando la puerta abierta. No lo ha arreglado, sigue sin funcionar, pero debe ser que tiene que tocar algo o necesita alguna herramienta. Cuando vuelve a aparecer el aire ya sale frío y la tele se enciende. ¿Será que desconectan las cosas desde recepción para ahorrar y si nadie se queja no lo conectan?

Lo que tampoco estaba conectado era el termo del agua caliente. Con la temperatura que hay en este país tampoco es tan necesario ni hace falta mucho tiempo para que el agua queme.

El cartel de recepción prohibía comer en las habitaciones, sobre todo lo que nosotros cenamos: fuet. En el cartel dejaba muy claro que la comida estaba prohibida porque el sitio era vegetariano estricto. Ellos pueden ser lo que quieran, pero ojos que no ven, corazón que no siente. Además de que, como en Pushkar que no cumplían los que se bañaban, aquí también tengo una excusa. Nos han tratado lo bastante mal como para pasar de ellos.

En Jaipur buscaremos la agencia de viajes para intentar nuestra visita a Shere Khan, el «señor tigre» hindi. Nos quedaremos dos noches en la ciudad y aprovecharemos para ir a ver una película de Bollywood, allí está uno de los cines más famosos de Rajastán, el Raj Mandir.

El tren sale de aquí a las 6.50 y llegaremos a Jaipur a las 9.30, tendremos todo el día.

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