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No va más. Stendhal ven a Monte Abu

Domingo, 19/06/2011 (2)

En la entrada a los templos hay un cartel que indica que no se puede entrar casi con nada: ni agua, ni cuero, ni calzado, ni bolsos, ni cámaras (ni de fotos ni de vídeo), tampoco los móviles y, como buen templo jainista, piden a las mujeres con el periodo que tampoco entren. Como hay que dejar todo esto fuera, tanto los turistas (aunque no hemos visto a ninguno) como los locales, hay una consigna en la entrada al templo. Los zapatos se dejan en la puerta pero, ya que hay que dejar las mochilas metemos el calzado dentro y lo dejamos todo junto.

El que controla los zapatos está muy vivo y nos dice que no podemos meter los zapatos en las mochilas, que los zapatos hay que dejárselos a él. Vas listo. En la mochila ya van más zapatos y los de ahora tienen un sitio preparado.

Extraña sensación la de estar sin nada. En todo el viaje siempre he estado al lado de Cany y Sara ha llevado su bolso y a Nikki. Ahora vamos con las manos en los bolsillos, lo único que llevamos es la gorra y el pañuelo para el Sol. Habrá que abrir bien los ojos y guardar todo esto en la memoria.

El Monte Abu es la montaña más alta de la cordillera Aravalli y, de nuevo, nos encontramos ante un centro de peregrinación jainista ya que fue el refugio de meditación de Mahavira, el propagador de esta religión. Es aquí donde se encuentra la joya de la arquitectura jainista, el monasterio de Dilwara. Teniendo en cuenta lo que hemos visto hasta ahora de esta religión esperamos encontrar una maravilla.

Y no quedamos para nada decepcionados. Se trata de una obra de arte construida en mármol blanco entre los siglos XI y XII. Consta de cinco templos, siendo los más espectaculares (entre la espectacularidad dominante) los de Adinath y Neminath.

El primero de los templos, el dedicado a Adinath, data de 1032. En su interior hay 59 capillas, con una sala de oración y un sancta sanctórum (garbha-griha) con una imagen de Adinath cubierto con láminas de plata.

Las columnas y los techos están cubiertas de tallas hechas sobre el mármol, todas distintas, sobresaliendo una enorme y preciosa flor de loto en uno de los techos. A los artistas se les pagaba según la cantidad de polvo que levantaban con su trabajo, de manera que no hay espacio sin tallar en ningún sitio. Las capillas tienen estatuas en su interior que se pueden ver gracias a ventanas en las puertas que las cierran.

Todo es impresionante. No hay palabras. Lo más bonito que hemos visto nunca. No hay discusión. Los turistas, indios todos, van en grupos con guías del templo. Entre grupo y grupo, el templo queda completamente vacío, sólo para nosotros. Damos una vuelta completa al templo con la boca abierta asombrándonos más y más con cada techo y cada columna. Al final, no podemos más. Tenemos que sentarnos en una de las escaleras que separan las capillas de la sala central a seguir admirando cada pequeño detalle. Si en Ranakpur nos acordamos del síndrome de Stendhal, aquí casi lo sufrimos. Es sobrecogedor el nivel de detalle y de perfección de cada columna, cada talla, cada figura en los capiteles, en los techos, las estatuas tras las puertas… Es cierto que, por separado, las tallas no son obras maestras pero la acumulación y la armonía hacen que el conjunto sí que lo sea. Y vaya obra maestra.

Salimos hacia el siguiente templo. Nuestro objetivo es el otro principal, el dedicado a Neminath, el vigésimo segundo de los tirthankara. Construido en 1230 por los hermanos Vastupal y Tejpal. En la parte inferior de su cúpula central hay tallada una espectacular flor de loto. De fino que es el mármol hay zonas en las que parece traslúcido. También cuenta con una cantidad increíble de estatuas de tirthankara talladas en mármol cuidadas hasta el más mínimo detalle.

Mientras estábamos en este templo alucinando con cada cosa que veíamos, se nos acercaron dos indios. A pesar de lo espectacular del sitio seguimos siendo un poco la atracción. Nos habían estado mirando un rato hasta que se han decidido a acercarse. Uno de ellos habla inglés y nos pregunta de dónde venimos. Cuando le respondemos que de España nos dice «Bullfighters», toreros. Según nos cuentan se lo han enseñado en su universidad. No sabemos si es que tienen una asignatura de cultura europea, o más de bien tópicos de la cultura europea… Les digo que a ver si para el año que viene les van diciendo que en España también hay futbolistas, pero me dice que en India el fútbol no tiene interés, que ellos juegan al cricket.

El resto de templos son también maravillosos y, si no hubiéramos visto primero los principales, nos habrían asombrado más que los de Jaisalmer y Osiyan, pero nuestra capacidad de asombro está ya superada. Además de los templos hay un zona abierta con columnas que sujetan un techo en cuyo interior hay muchas estatuas de mármol, básicamente elefantes y caballos con jinetes.

Después de casi dos horas nos decidimos a salir. Como en Ranakpur, la gente también sonreía cuando veía nuestras caras de asombro. Pero, aquí también ellos las tenían.

Recoger las mochilas de la consigna requiere un esfuerzo. Cuando llegamos no había mucha gente en la entrada y fue sencillo pasarlas una tras otra por el ventanuco. Ahora debe haber llegado un autobús o será la hora en la que todo el mundo vuelve a casa y hay un montón de gente arremolinada sin orden. Ser chica tiene sus ventajas y es Sara la que se va acercando hasta la consigna y consigue darle la ficha que identifica nuestras mochilas y las 40 rupias, diez por bulto, que nos cobran.

No se podían hacer fotos, ni entrar con la cámara, así que las que hay en la entrada no son nuestras, son de MountAbu.com.

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