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El viaje a ninguna parte

Domingo, 19/06/2011 (3)

El monasterio está bastante alejado de la estación de autobuses y para llegar hasta allí tenemos que coger otro taxi. Al igual que en la consigna, la situación en la calle es caótica. Los coches están parados en los dos sentidos y los cláxones suenan cada vez más altos. Intentamos con un par de conductores, uno nos pide 200 rupias y el otro directamente nos dice que no. Es uno de los conductores el que nos acaba por llamar a nosotros. Es un jeep compartido y ya hay varios pasajeros dentro. Sólo nos pide 25 a cada uno, pero sí nos dice que nos demos prisa, que estamos en mitad de la calle y los demás conductores están nerviosos. Al bajar vemos que lo que ha pasado es que ha habido un golpe entre un par de coches y los conductores están discutiendo a gritos, parando el resto del tráfico, mientras el resto se pone de parte de uno o de otro y crece la discusión.

Como no hemos podido dejar las mochilas en Abu Road no nos hace falta bajar hasta el pueblo otra vez, desde aquí también salen autobuses hacia Udaipur. La estación es un edificio con una gran sala de espera y una pequeña taquilla. Los baños, siendo generosos, están en otro edificio fuera.  Llegamos a la estación a las dos y media. El próximo saldrá a las cuatro y media y, según ellos, llegará a Udaipur a las nueve de la noche. Son unos 160 kilómetros, al ritmo que van aquí nos tememos que ya será más.

En dos horas nos debería dar tiempo a hacer alguna cosa más, pero aquí tampoco hay consigna para dejar las mochilas y lo que queda por ver en la ciudad, según la guía, es un lago. La recomendación es rodear la orilla del lago paseando hasta encontrar una roca con forma de sapo saltando al agua. Pasear con las mochilas en la espalda no es tan agradable como pone en la guía.

Aprovecharemos el rato para comer algo. El problema es que no sabemos qué será mejor: quedarnos dentro (que es un lugar poco higiénico…) o salir al banco que hay en la calle frente a las dársenas (que tampoco es que esté muy limpio). Hacemos una prueba en cada sitio y nos quedamos dentro, el banco de fuera está al sol. De todas formas no nos parece lo más adecuado sacar el fuet o el paté y nos conformamos con un paquete de crackes después de lavarnos las manos con el gel antibacteriano que nos recomendó comprar la del centro de vacunación.

El billete del autobús tampoco se podía comprar cuando llegamos, sólo un cuarto de hora antes de la salida. Como estamos esperando, a las cuatro y cuarto lo compramos, es posible que el autobús ya esté en la estación y con las mochilas y todo lo demás será mejor tratar de coger sitio no vaya a llenarse. Otra vez tenemos los asientos uno y dos. No sabemos si hemos sido los primeros o que el resto de pasajeros los compra directamente en el autobús.

Efectivamente está en la dársena y ya hay gente dentro. Los que hay dentro nos han preguntado por el asiento que pone en el billete. Hay dos mujeres sentadas allí y cuando hacen el amago de levantarse les decimos que a nosotros nos da lo mismo sentarnos en otro sitio. Buscamos una fila de tres asientos libre y nos colocamos. El portaequipajes de este autobús parece más grande y colocando los Symbios en modo avión caben. Tampoco estamos muy seguros de que no nos obligaran a quitar las mochilas si se acaba por llenar.

Poco antes de salir sube uno que, a pesar de que no le entendemos, nos da la impresión de que no es tan flexible como nosotros respecto a los asientos. Nadie está sentado donde debe y, en lugar de dejarlo estar, se va a quejar al conductor. Éste recorre el autobús, ya bastante lleno, pidiendo los billetes y obligando a todo el mundo a colocarse en su sitio. Por suerte los Symbios están en el portaequipajes, porque en nuestro sitio no hay espacio para ellos.

Las mujeres que estaban en nuestros asientos llevan varias fuentes llenas de comida (suponemos) envueltas en grandes trapos. El problema es que las han dejado donde deberían estar nuestros pies y les decimos que no las pueden dejar ahí. Nosotros hemos dejado las mochilas pero están en el portaequipajes y no molestan, pero ellas nos han dejado las cosas de forma que no podemos ni poner los pies en el suelo. No están nada conformes con nuestra petición y se resisten. Sara está todavía menos conforme y acaba sacando las fuentes y dejándolas en mitad del pasillo ganándose los gritos de las mujeres. No vamos a estar las próximas cinco horas encogidos porque tú no quieras mover tus cosas a tu nuevo asiento.

Al arrancar el autobús nosotros nos apagamos. Nos dormimos y despertamos en una parada. Ha pasado una hora y media. Mirando el nombre de la estación se nos cae el alma a los pies. En una hora y media hemos llegado a la estación de autobús de Abu Road. ¡Una hora y media para 25 kilómetros! Eso de que llegaríamos a Udaipur a las nueve está claro que era muy optimista. Nos da más rabia todavía pensar que el autobús anterior salió de Monte Abu a las dos y que, si fue como éste, habrá llegado aquí a las cuatro. Si hubiéramos cogido un taxi desde allí hasta aquí podríamos haber cogido ese autobús.

No hay que hacer más que dejarse llevar.

Un millón de horas y cientos de pueblos, mini pueblos y sitios en medio de la nada en los que el autobús ha ido parando llegamos a Udaipur. Ha habido momentos muy frustrantes. Más de una vez, cuando estábamos en una buena carretera con carteles hemos visto la distancia en kilómetros que nos faltaban y hemos visto luego, con desesperación, que el autobús cogía una salida a un pueblo para que bajara uno (o ninguno) y que, cuando volvía a la carretera, estábamos más lejos que antes del destino. Los más rápido que ha llegado a ir ha sido a 63 kilómetros por hora.

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