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El templo de Jagdish

Lunes, 20/06/2011 (2)

El templo de Jagdish, construido en 1651 por el marajá Jagat Singh I, está dedicado a Vishnú (del que hay una imagen en mármol negro) y es el más grande de la ciudad. En este caso no está en lo alto de una colina o una montaña, pero sí que subir una empinada escalera de 32 peldaños, flanqueada por dos enormes elefantes de mármol (cómo no), para acceder. La escalera ya da una idea de lo que nos vamos a encontrar dentro: mármol. La aguja del templo, shikar, principal se eleva 24 metros sobre la ciudad dominándola.

Como en todos los templos nos tenemos que descalzar para entrar y, como nos pasó en Ranakpur, el suelo fuera del templo está ardiendo. Todavía no hace mucho calor, pero el mármol del suelo lleva ya unas cuantas horas al sol y ha absorbido todos los rayos que ha podido.

Mármol es lo que encontramos. De nuevo los jainistas han acudido puntuales a su cita con las tallas. Toda la fachada está literalmente cubierta por danzarinas, elefantes, figuras extrañas… Los pilares, los techos, cualquier espacio de mármol ha sido tallado. Hasta la aguja tiene imágenes. El templo cuenta con una mandapa, gran sala cubierta que lleva al templo principal y que se utiliza para los rezos y cánticos, de dos plantas y un sancta sanctórum también de dos plantas cubierto por la aguja que tiene también otras dos plantas. Alrededor del santuario principal, hay cuatro capillas más pequeñas.

 

Sabemos que, aunque ahora mismo no nos acaba de asombrar porque venimos saturados de belleza por los templos de Ranakpur y Monte Abu, este templo es también uno de esos sitios mágicos que nos está deparando este viaje y que, cuando volvamos a ver las fotos y vídeos, seremos conscientes de su preciosismo.

Es la hora de la oración y vemos a un grupo de gente cantando con el ritmo de los tambores y campanillas. Están rezando en la mandapa y tampoco ellos son inmunes al calor. Ni ellos ni el resto de feligreses, todo el techo de la mandapa está lleno de ventiladores. Frente a la sala de oración, se alza otra construcción en cuyo interior hay una estatua del vehículo de Vishnú. Si en el caso de Ganesh era un ratón, en este caso es un águila garuda, mitad hombre mitad águila, de latón. Esto ya lo conocíamos de nuestro viaje a Nepal.

Se nos ha acercado un local al oírnos hablar en español. Él también habla un poco y no tiene pinta de querer ser nuestro guía por la ciudad ni nada similar. Nos cuenta que el siguiente fin de semana irá a España, a San Sebastián. Tiene una escuela de arte y lleva a veinticinco alumnos a exponer. Aunque no quiere acompañarnos no deja pasar la ocasión de decirnos que su escuela está al lado del templo y que podemos acercarnos a ver su trabajo sin ningún compromiso. Ya nos conocemos estas cosas del «sin compromiso» y al final una de las dos partes acabará mal. Con nosotros casi siempre la parte vendedora que se da cuenta de que ha perdido el tiempo enseñando toda su mercancía.

El palacio de la ciudad está a unos 150 metros del templo y allá que vamos. A pesar de la proximidad tenemos que preguntar porque las calles están tan pegadas unas a otras que no es fácil orientarse.

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