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Poco más que hacer

  

Lunes, 07/03/2011 (3)

Cerca de la plaza Mustaqillik hay un teatro que ofrece obras de ballet a un euro según la guía, el Teatro de Ópera y Ballet Alisher Navoi, Ataturk 28. Pone que los lunes cierra, pero a falta de algo más en que ocupar el tiempo y el dinero que tenemos vamos a buscarlo. Paseando por un parque nos encontramos tan cómodos que buscamos un banco y nos sentamos al sol. Es la primera vez en todo el viaje que nos podemos sentar sin miedo a que se nos congelen los dedos.

La comodidad se acaba cuando llega una niña con un bebé en brazos a pedirnos dinero. Estamos totalmente en contra de darles dinero a los niños. Casi siempre están explotados por adultos que son los que se quedan el dinero y no ellos, además de que lo que hay que conseguir es que los niños vayan a la escuela y no estén pidiendo. El “no” es claro, pero la niña decide que si sigue insistiendo con Sara conseguirá que le dé algo. No lo vas a conseguir, ni con ella ni conmigo. Nos harás sentirnos mal porque tú lo estás pasando mal y te podríamos ayudar con dinero, pero tú no deberías estar pidiendo de ninguna manera. Sigue insistiendo y al final la única salida que nos queda es levantarnos y continuar con la búsqueda del teatro.

Lo de que todos los caminos conducen a Roma es sólo en Europa, en esta parte del planeta todos conducen a Tamerlán. Acabamos delante de un museo dedicado a su pueblo y frente a una estatua ecuestre suya. Por el camino hemos parado en un puesto de kebab porque Sara tiene hambre. No me extraña, desde el plov de ayer sólo hemos comido las galletas. Ya nos ha pasado más veces en este país, y por supuesto en Rusia: en las colas los occidentales no tienen derecho a puesto. Todo el mundo da por sentado que tú eres el último y que seguirás siéndolo aunque llegue más gente, se pondrán delante porque es su derecho. Sara se para delante del puesto cuando está vacío y antes de que le digan nada sirven a cuatro que llegan después. Nos cansamos y nos vamos. Es en ese momento cuando nos llaman para hacernos caso. Ahora no nos interesa.

Como nos temíamos el teatro está cerrado.

Volviendo al parque entramos en un supermercado. Esta es la zona elitista de la ciudad, con tiendas como Zara, Mango, Benetton, Yves Rocher,… Pero el supermercado deja bastante que desear, además de estar muy lleno de gente.

Encontramos otro puesto de kebab y aquí sí nos hacen caso rápido. Además, es más barato, 3.000 en lugar de los 3.500 del otro. Volvemos al parque para comerlo en un banco.

Nuestro gozo en un pozo. Antes de llegar al banco se nos vuelve a pegar una niña de unos cuatro años que se engancha a la cazadora de Sara. De nuevo le decimos que no mil veces, pero no hay manera. Les deben enseñar que si son lo bastante pesados, sobre todo con las mujeres, acabarán por conseguir algo. Es evidente que les “enseñan” porque si no, no lo harían así. Hay un montón de niños pidiendo por el parque y en la zona de las tiendas caras.

Nos tenemos que volver a levantar porque no hay manera de que nos deje en paz. Cuando ve que nos vamos se va a por otros y nosotros volvemos al banco. A Sara le sorprende lo rápido que dejan en paz a los demás. Pero el motivo es obvio: les dan dinero.

Al otro lado de la parada del metro está la verdadera plaza de la independencia. Se entra pasando bajo el arco Ezgulik, el arco de las buenas y nobles aspiraciones, decorado con dos cigüeñas. Aquí nos encontramos con el Monumento de la Independencia (1991) y otro monumento de la “Madre que Llora” en otra “Avenida de la Memoria” en recuerdo a las víctimas de las guerra uzbecas de la Segunda Guerra Mundial. Es idéntico al de Bujará, desde el color del mármol a la propia estatua. Aquí hay un grupo de indios haciéndose fotos y después llegan más locales. Debe ser un sitio muy habitual para las fotos porque hay también uno con una cámara réflex digital y una identificación que las hace por 2.000 som. Lo que no sabemos es cómo las entrega después.

Ya son casi las cinco y no hay nada más que hacer. Entramos en el metro para volver a Chorsu y desde allí al hostal. Nada más entrar un policía nos saluda y nos dice algo en uzbeco. Así vamos mal. Vuelve a repetir lo mismo y seguimos sin entenderle, obviamente. Al final dice “passport” ahora sí. Se lo enseñamos, mira las fotos y sin pedirnos los registros de cada noche, que llevamos en las fajas, nos dice que no hay problema y seguimos adelante.

  

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