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Pokhara, templos y naturaleza

  

Miércoles, 31/03/2010 (3)

Seguimos recorriendo Pokhara y vamos a las cataratas de Dave vamos también andando. El nombre de este sitio se debe a una leyenda que cuenta que un turista de nombre Davi, Dave, Davin… cayó en está cascada. Obviamente murió y tardaron mucho tiempo en conseguir recuperar su cuerpo. La caída de agua en cuestión no parece gran cosa desde arriba, pero es que no es una catarata al uso. El agua cae en un enorme pozo. El guía nos dice que en época de monzón el pozo se llena de gotas del agua por la caída y que parece que llueve hacia arriba. Cuando te acercas, ahora han puesto unas buenas barandillas para no tener que cambiarle el nombre, se aprecia que el sitio es una pasada. Una de las cosas más sorprendentes de lo que hemos visto hasta ahora, la cueva y la catarata, es que están en el medio de la ciudad. Vas por la calle y te encuentras con una puerta metálica y un cartel de venta de entradas y allí que te topas con la naturaleza en estado puro.

Otra vez en coche, nos llevó al templo de Bindabhasino. Este es un templo al que los hindúes vienen a casarse. El guía es budista y nos dice que ellos se casan en su casa, aunque luego lo tienen que registrar, claro. Hay un templo dedicado a Vishnu, uno dedicado a Shiva y otro más a Kisna. Ni descalzo se puede entrar en estos, Sara lo intenta y desde el otro lado de la plaza uno le grita que no está permitido. En el centro de la plaza hay un monumento con los nombres de todos los que han hecho donaciones para cambiar el suelo y para construir un lugar de meditación. El guía no trabaja mucho el tema templo y nos vamos de allí rápido. Nos ha dicho que tiene trescientos o cuatrocientos años… eso sí que es precisar un dato.

Nos queda la garganta del río Seti. Como la cueva y la catarata, nos encontramos con una puerta metálica que da a un parque con un sitio donde venden entradas. Pasamos por un puente construido por los chinos que lleva agua a una planta hidroeléctrica. El río pasa por debajo a unos cuarenta metros de profundidad. Es impresionante. El guía, para demostrar la distancia, deja caer un escupitajo desde el puente. Aquí son así de naturales, que tienen un moco en la garganta… pues se esfuerzan en sacarlo hasta poder escupirlo en el suelo. Eructar o sonarse la nariz con la mano es también frecuente. Es otra cultura y son otras costumbres. Es cierto que con la contaminación de Katmandú que estuvieran escupiendo desde la garganta todo el tiempo nos parecía hasta razonable, pero lo hacen en todo el país.

Nepal Pokhara Garganta Seti

Al llegar al final del puente nos encontramos con un viejo que, muy amablemente, nos marca la frente con un punto rojo (bindi o tika). Su amabilidad se debe a que espera una propina por nuestra parte, en la bandeja en la que está el color también hay monedas y un par de billetes. No llevo nada más que pequeño que veinte y le pregunto al guía que si tiene cambio. Me dice que no hay problema que veinte está bien. Demasiado bien, sólo tiene monedas y los billetes, dos, son de cinco. El colega ha echado el día con nosotros. Punto negativo para el guía que, sin saberlo, acaba de donarle su propina al del puente.

El agua que pasa por el puente camino de la central proviene directamente del hielo de las montañas y está helada. La presión que lleva es tal que es blanca.

A mitad de camino Sara preguntó por el precio de unos plátanos. El guía se ofreció a hacer la traducción aunque aquí todo el mundo es capaz de decir un precio en inglés. Eran caros, está claro que el tema exprimir al turista está de moda. Yo, por mi parte compré una botella de agua. Con todo lo que habíamos sudado para llegar a la stupa nos estábamos deshidratando.

La última visita es al museo de la ciudad. Al ir para allí pasamos por la zona de tiendas de Pokhara, pero la zona de tiendas local. Aquí seguro que los plátanos y el agua son más baratos. Le pregunto si estamos lejos del hotel y nos dice que sí, que a unos tres kilómetros. Estando en lo alto de la stupa nos dijo que Pokhara es la segunda ciudad de Nepal después de Katmandú.

Para llegar al museo el coche se mete por un camino de tierra y acaba teniendo que vadear un par de charcos enormes. Como no sabíamos a dónde nos llevaba ya nos temíamos que llegaba el momento de dejarnos en mitad de la nada y llevarse nuestro dinero (es broma, que no hay sensación de peligro en ningún momento en este país).

El museo es muy interesante. Cuenta las costumbres, las razas, las fiestas,… de los distintos habitantes del país. Hay bastantes razas dependiendo de si son de montaña, de selva, del este, del oeste… Los newari, los aparentemente responsables de la comida típica del país, tienen un sistema de castas como los indios. Paras nos dijo que era mucho más relajado y que no había problemas en que se casaran dos de distinta casta.

Una de las cosas más interesantes del museo es la explicación de cómo “cazan” (es la palabra que utilizan) la miel. Forman expediciones de varias semanas en las que va un grupo especializado. Uno es el que prende el fuego para generar humo, otro el que sube al panal para sacar la miel y la cera, otros los que la filtran según caen, otros los que la cargan… Parece mucho más complicado de lo que es en Europa con una colmena en el patio de casa. Según pone en la explicación, una colmena puede llegar a generar entre 55 y 75 kilogramos de miel.

El guía no tiene nada que decir aquí, es más, parece más interesado que nosotros en leer algunas de las explicaciones. En la stupa incluso hizo una foto con el móvil.

Listo, nos vamos al hotel.

  

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