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Bután (XVIII), Paro

Sábado, 27/03/2010 (2)

Visitamos cuatro templos, todos con sus estatuas siempre una de la manifestación de Guru Rimpoche cabalgando sobre un tigre. Como ya le dije ayer, para nosotros (y él confesó que para ellos también) es muy difícil diferenciar a uno de otro. Además de todas las variaciones que el artista (el pelo azul, más o menos peso..) quiera introducir están las manifestaciones y las reencarnaciones lo que complica todavía más las cosas. Nos explica que las estatuas de Guru Rimpoche y Kuenkhyen Padma Karpo (el unificador) se aceptan como válidas puesto que la gente los vio y las han hecho a su imagen. Pero nadie de los que vio a Buda hizo una estatua, de manera que éstas son todas interpretaciones del artista y pueden variar mucho de unas a otras. Le comento que he visto muchas imágenes de un Buda feliz que está muy gordo y sonriente, aunque no aquí.

Sara está cansada con tanta escalera y se empieza a cansar de tener que dar vueltas a todo por la izquierda. Rodeamos una stupa, una con las cenizas del principal discípulo de Guru Rimpoche, entrando por una puerta a su izquierda. Al llegar a la parte delantera Sara se gira hacia la puerta de salida que está a la derecha y Kuenzang le dice que no, que tiene que dar otra vez la vuelta, no se puede andar en sentido contrario a las agujas del reloj frente a una reliquia. Sara sigue el giro como quiere él, pero sale por la puerta de entrada.

A la salida encendemos una vela cada uno al lado de la cueva donde meditó la mujer de Guru Rimpoche. Sara intenta que le cambie el billete de diez para dar sólo cinco y Kuenzang le dice que no se preocupe que así está bien. Demasiado bien, que íbamos a dar la mitad.

Hacia abajo hablamos de deportes. Sara le pregunta si han participado en alguna Olimpiada y él responde que sí, en la disciplina de arco. Después Sara le preguntó si habían ganado alguna medalla. Aquí Kuenzang nos vuelve a sorprender con su frase mágica “en el sentido de…” sólo hay un sentido: Olimpiadas y medalla. Le cuesta decir que no, pero no deja de puntualizar que en los juegos de India, Pakistán, Nepal y algún país más de la zona sí que las han ganado, en arco y en taekwondo.

Luego pasamos al baloncesto y al decirle lo que mide Gasol nos pregunta que cuánto es eso en pies. Ni idea. Pero su móvil tiene convertidor de medidas. Le oímos el grito de sorpresa (nosotros hemos seguido bajando) cuando ve lo que mide. Le comentamos que tampoco es de los más altos y luego le hablamos de los números de sus zapatos. Para él, mi 46 ya es casi exagerado. En Bután parece que lo normal (para hombres) es un 37 o 38. El 39 de Sara también le parece mucho. Lo cierto es que es muy bajito. Puede meter sus dos zapatos en una zapatilla de Gasol.

Volvimos a la iglesia. Nos preguntó si nos podíamos casar con más de una mujer. Le dijimos que no al mismo tiempo, primero hay que divorciarse. Él nos dice que es lo mismo para ellos. Nos sorprende porque no pensábamos que el budismo aceptara el divorcio. Nos explica que es un pecado muy grave y que después de cometerlo hay que hacer donaciones y visitar templos para redimirse. Vamos, pagar. En nuestra religión pasa lo mismo, con el matrimonio civil se paga y listo, con el religioso se paga (más) y listo también.

Como en Qatar nos dijeron que tuviéramos cuidado con las muestras de afecto que nos podían llevar a la cárcel, le preguntamos si besarse o abrazarse en público está mal visto por el budismo. Nos explica que no, que no se ve por la calle porque la gente es tímida, no porque sea pecado. Lo que sí hemos visto es a hombres cogidos de la mano, lo que nos lleva a preguntar por la homosexualidad y el budismo. Esta pregunta le choca y le cuesta responder que se tiene que mantener en secreto, que no está aceptado por su religión. Lo mismo que la nuestra.

Cuando le decimos que en España los hombres se pueden casar con otros hombres y las mujeres con otras mujeres, casi conseguimos que le de el famoso colapso nervioso. Le choca tanto que estamos seguros de que nada más llegar al coche es lo primero que le ha dicho a Rinchen. Antes incluso de comentarle lo en baja forma que estamos, ya que hemos tardado cinco horas en lugar de las cuatro previstas.

Se suponía que desde aquí iríamos al hotel para conseguir una buena habitación y después a comer. Pero como hemos tardado más lo primero será la comida. De nuevo buffet, pero esta vez con bastante sabor occidental. El arroz no está pasado y tienen una especie de roastbeef en salsa. También hay pollo con espárragos y espárragos con verduras. Según el camarero no hay nada picante, pero Sara encuentra la aguja en el pajar y casi tiene que beberse un litro de agua y comerse la fuente entera de arroz. El pobre camarero ha venido a ver qué pasaba y al ver a Sara llorar no sabía dónde meterse. Te has quedado sin propina, aunque en la nota que nos traen pone que ya se han cobrado un 10% por el servicio.

El hotel de hoy, el Olathang, es el hotel más viejo del país. Se construyó en 1.974 para la celebración de la coronación del cuarto rey. Para tener la edad que tiene está muy bien. La habitación no tiene el tamaño de la de Timbu pero es muy hermosa.

Volvemos a bajar al festival. Hoy sí que están bailando fuera, aunque el baile es muy escaso. Se supone que están representando la conversión de un famoso cazador por parte de un gran lama al budismo. El perro del cazador estaba persiguiendo a un ciervo, que al verse acorralado se acercó al lama que estaba meditando. Éste le protegió y “convenció” al perro para que no le persiguiera y estuvieran bien juntos. Cuando al cazador vio a su perro junto con el ciervo pensó que el hombre había hecho magia negra en su animal y le disparó una flecha. En ese momento el arco y la flecha se rompieron y el cazador se dio cuenta de que el hombre era un hombre santo. Le pidió perdón y que le enseñara. Todo esto es porque Kuenzang me lo ha contado según subíamos al dzong, porque lo que es entenderlo por el baile es imposible. Después de un par de danzas más, como las de ayer con mujeres cantando y moviéndose más bien poco, acaba el programa del día.

Kuenzang recuerda que ayer le preguntamos por el traje tradicional y nos lleva a una tienda para turistas. Antes le hemos preguntado por el precio del suyo y nos ha dicho que unas 3.000 rupias. Se ve que cobra bien de la agencia. Le decimos que queremos una en la que compren ellos, porque los precios para turistas son muy altos. Él nos dice que a esa tienda también van ellos, es más, que él ha comprado allí algún traje. Nos extraña pero entramos. Casi todos son trajes de mujer y hay unos pocos de hombre. La idea es comprar de niño y preguntamos dónde están. Nos enseñan un par pero son muy grandes. De cualquier manera Sara pregunta el precio por curiosidad. La que nos los está enseñando no lo sabe y va a preguntar a la caja. A la vuelta nos dice que son 850 rupias. Sara coge otro de los trajes que nos ha enseñado, uno más grande, y le muestra la etiqueta con un 350. Ya la había visto antes pero quería confirmar que a los turistas nos tratan como a huchas con piernas.

La de la tienda no sabe qué decir cuando Sara le pone el precio de la etiqueta en la cara y le dice que si es que para los locales cuesta eso. Balbucea un poco y se pone a hablar en su idioma con Kuenzang. Nosotros salimos de la tienda y Kuenzang nos sigue y nos dice que no era un precio, que era un número de registro. No tiene ningún sentido y además, si el sueldo medio es de 100 rupias al día, ¿cómo es posible que alguien se gaste el sueldo de casi nueve días en comprar un traje para un niño de cinco años? Le decimos que no somos tontos y que nos damos cuenta de cuando nos intentan timar. Además, ya nos dijo el otro día que los precios eran cerrados y que no se aceptaba el regateo.

Sara se siente estafada y saca el tema del agua. Todos los días nos están cobrando entre 40 y 50 rupias por una botella. Si el sueldo medio es de 100 cómo puede una botella costar la mitad de lo que gana una persona normal. Le pregunta por el precio del agua en un supermercado. Aquí vuelve a hacer uso de su frase “en el sentido de…” pero esta vez con razón. El concepto de supermercado está fuera de su mundo. En el sentido de una tienda para butaneses. Se empeña en decir que unas 25 (después de que Sara se lo pregunte por lo menos seis veces y que yo le diga otras tantas que lo deje pasar) y Sara le dice que no le cree. Es imposible que una botella cueste una cuarta parte del salario medio.

A partir de ese momento Sara deja de hablar. Se siente engañada. Es cierto que los 850 que nos pedían por el traje son poco más de 14 euros, pero es que no puede ser que nos quieran cobrar más del doble que a ellos. Ya nos extraña también que ellos paguen 350, porque es el sueldo de cuatro días para un traje que le quedará pequeño al niño en seguida. Le pregunto si él lleva el traje tradicional cuando no está trabajando y me dice que no. Que es cómodo pero en invierno entra el frío (a pesar de que llevan medias), así que cuando no trabaja lleva pantalones de trek.

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Comentarios

  • Anonymous
    16 junio, 2010 a las 09:32

    Ay madre, cómo entiendo a Sara!!a mí me pasa igual. Éstas cosas siempre me han superado y si ya me toman por tonta…¡¡me enciendo!! La verdad es que es muy difícil llegar a conocer los precios que realmente pagan ellos..¡¡es casi un imposible!! (Fdo. Alicia32)

  • JAAC
    17 junio, 2010 a las 08:30

    Es una situación complicada. Entiendo que para los extranjeros puedan ser más caras las cosas en los países pobres… Pero deberían decirlo sin tapujos. En Rusia las entradas de los museos eran más caras para turistas y no se cortaban en ponerlo bien claro en la puerta.

    Que te digan que ellos pagan lo mismo que tú es tratar de tomarte el pelo. Si al final todo el mundo sabe que acabarás pagando algo más (sobre todo en sitios que no tienen escritos los precios en las tiendas…).

    Nuestra mejor experiencia fue en Siria. Estamos seguro de que nos pedían más que a los locales, pero tampoco exageraban y, todavía, no tienen la cultura de exprimir a turista con la cartera llena.