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Bután (XIV)

Viernes, 26/03/2010 (1)

Esta noche hemos dormido las ocho horas de rigor a pesar de que el despertador ha vuelto a sonar a las seis y media. La verdad es que podríamos levantarnos más tarde porque dejamos a los Symbios casi preparados así que tardamos muy poco y hay que esperar a que el desayuno esté listo.

El desayuno es en el mismo sitio que ayer. Hay más de cinco chicas esperando para servirnos y en cuanto trato de acercarme a la mesa para abrir las fuentes y coger el desayuno me dicen que no, que nos servirán en la mesa. De acuerdo, pero ¿qué? Porque después de la piña del postre de ayer… Lo primero, como siempre es la decisión de té o café. Sara acepta el té, pero mi respuesta siempre les deja fuera de juego: sólo leche. Es un cambio en el programa demasiado grande. Después traen el pan tostado y un bol con cereales para cada uno. Le decimos que no, pero aprovecho para coger un poco de leche de la jarra en la que la traen. Me dicen que es fría y le digo que sí, que es para mezclar con la caliente que, se supone, me van a traer.

Cuando traen el té y le digo que yo sólo leche entra en bloqueo. Señala mi taza y dice que ya tengo leche. Le digo que sí, que es fría y que habría que llenarla con caliente. Esa es la idea. Tras un momento de duda me llena la taza. Después preguntan si queremos huevos: revueltos, tortilla o fritos. Me decido por unos huevos revueltos. Nunca he entendido la diferencia entre los huevos revueltos y la tortilla, puede que sea porque siempre que trato de hacer una tortilla me acaban quedando huevos revueltos. Antes de que llegue me quedo con la duda de si serán sólo huevos o también meterán algo más. Por suerte son sólo huevos, y tres patatas fritas. Sara, al verlo, también se anima.

A las siete y veinte vienen a nuestra habitación para coger nuestras mochilas y cargarlas en el coche. Otra vez la misma historia y la misma respuesta: no hace falta. Ayer había bastantes más turistas en el hotel y como ya habíamos visto en otras ocasiones son todos muy mayores y fijo que lo de que les lleven las maletas les viene estupendamente. Pues allá ellos.

Hoy será un día de mucha carretera. El destino final es Paro, la ciudad en la que aterrizamos y de la que despegaremos de vuelta a Nepal pasado mañana. No parece que haya una red de carreteras muy densa, hace falta llegar hasta Simtokha Dzong (a cinco kilómetros de Timbu) desde Punakha para luego, por la misma carretera que cogimos el primer día pero en sentido contrario, llegar a Paro.

Si ayer la niebla en Dachula no nos dejó ver la cordillera de los Himalayas lo de hoy es peor. La niebla casi oculta la carretera. El viaje hasta aquí ha estado lleno de curvas y Sara está un poco revuelta así que cuando Kuenzang nos ofrece la posibilidad de utilizar el servicio que usamos ayer no la rechaza. Más que nada por poner los pies en el suelo y dejar de ir de un lado para otro. Mientras estamos allí se levanta un poco la niebla y conducir vuelve a ser algo medianamente seguro, aunque a Rinchen no le molestó antes, vamos, ni las luces encienden aquí cuando hay niebla.

Al pasar junto a las stupas, las 108, Kuenzang nos recuerda que nuestras oraciones están allí colgadas, nuestras banderas de oración. Rinchen no puede dejar de dar una vuelta alrededor de las stupas. Suponemos que en coche tiene el mismo valor, así que la hemos dado todos.

Las siguiente dos horas se van de nuevo en el coche. Nos acabamos por dormir todos como el primer día, empezando por Kuenzang y acabando por Sara (yo por descontado me duermo siempre en cualquier coche). Por suerte el conductor aguanta y nos lleva a la ciudad sanos y salvos. Los dos, Kuenzang y Rinchen, son de aquí, se lo conocen.

Son algo más de las once cuando nos llevan a nuestro hotel. Será sólo esta noche. Aunque mañana también dormiremos en Paro lo haremos en otro hotel. Las ciudades en Bután no tienen muchos habitantes (partiendo de que todo el país ronda los 700.000…) pero como las casas son todas bajas y muchas tienen tierras de cultivo la superficie que ocupan es mucha. Nuestro hotel está, como siempre, en las afueras.

Al final parece que acabará por tener razón Kuenzang y que va a ser temporada alta. En la entrada del hotel hay un autobús del que están bajando un montón de viejos. Ése es el motivo de que hayamos venido a hacer el check-in tan pronto: conseguir una buena habitación. Uno de la recepción coge nuestros Symbios, ya hemos aceptado que no los podemos sacar nosotros del coche (Rinchen y Kuenzang no nos dejan) y sólo cogemos a Okihita. Por suerte sólo uno coge a las dos así que la propina se queda en la mitad, 10 rupias.

No se puede decir que vayamos de mal en peor… pero tampoco que mejoremos. La habitación de hoy es todavía más pequeña que la de ayer, pero está mejor. Los muebles parecen más nuevos, aunque el baño es de los malos. Como en todos los sitios hasta ahora el agua caliente sale de un termo eléctrico (no hemos visto gas en ninguna parte) pero en este caso el termo está al lado de la bañera y el enchufe que le da corriente está debajo del soporte para la ducha. ¿No ha muerto nunca nadie electrocutado en esta habitación? Será que han hecho lo mismo que nosotros: no ducharse.

Hemos vuelto hoy a Paro porque hay un festival. Según Kuenzang lo normal es que acabe a eso de las tres. Le decimos que entonces vamos mal, porque son las once y media y nos quiere llevar a comer antes de ir para allá. Entonces nos dice que como hoy es primer día del festival dura más y que mínimo hasta las cinco habrá cosas. No las tenemos todas con nosotros pero él sabrá, más aún pensando que es de aquí.

El caso es que cuando llegamos al restaurante la comida no está todavía lista. No nos extraña, si es que estas no son horas. Mientras esperamos que lo preparen todo nos quedamos mirando las siete fuentes, es de nuevo buffet, en las que colocarán la comida. Para hacer tiempo y debido a que ya empezamos a estar un poco hartos de comer siempre lo mismo soñamos con lo que podría haber en cada una: lentejas en la primera, con su chorizo, su tocino, su panceta,…; zuppa di fagioli e cotiche, deliciosas y, aunque ya nos estamos cansando, picantes; bucatini alla’amatriciana; pappardelle al cinghiale; una pierna de cordero al horno de leña; una lubina al horno y un chuletón poco hecho. A todo esto le sumamos unos entrantes de mozzarella di bufala y jamón ibérico, para rematar con una crostata alla crema y una cuajada de leche de oveja con miel de los Himalayas. Y mucho, pero que mucho pan. Conste que no somos los típicos que cuando salimos de viaje no hacemos más que pensar en la comida de nuestra tierra, pero es que llevamos siete comidas prácticamente iguales.

Lo que acaban poniendo en las fuentes es: arroz cocido (el blanco), crepes (aunque parecen más pan de pita), pollo (reseco), verduras (cocidas) y berenjenas (fritas). En la última fuente hay sopa y sin que le digamos ni que sí ni que no nos dan un bol a cada uno. Había un par de cosas más en las fuentes: las espinacas picantes de todos los días y algo con todavía peor pinta. La sopa tampoco era gran cosa y ni la hemos tocado. El postre la típica sandía.

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