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Perú (XXVI), Amantaní en el lago Titicaca

Jueves 07/05/2009 (2)

El viaje a Amantaní se convierte en un infierno para Sara, cuyo estómago no deja de dolerle. El balanceo la está matando. Después de más de una hora llegamos. Lo primero que hace es pisar suelo y sentarse en tierra firme. Mientras, el grupo se va a donde nos esperan las señoras de las casas en las que nos alojaremos, las «mamas» según el guía. Se hace el reparto de casas, algunos tienen que compartila porque no hay mamas para todos, así que se hacen grupos de cuatro y de tres. Al final quedamos tres mamas y tres parejas. Lo que pasa es que esas tres no las tiene el guía apuntadas y no han hecho comida. Según la guía, la de papel, las mujeres bajan al puerto a ver si hay turistas sin saber en realidad si habrá gente, de manera que lo de cocinar por cocinar entiendo que no lo hagan. También es cierto que nuestro grupo salió a las ocho de la mañana y que ya les podían haber dicho cuántos éramos.

Nuestra mama no habla apenas español, además de que tampoco es que hable mucho. Nos pide que la sigamos y nos mete por mitad del campo hasta su casa. La casa tiene dos plantas y un patio interior en el que secan su cosecha. Nuestra habitación estará en la planta de arriba. Cuidado con las escaleras y cuidado con la cabeza, los techos son muy bajos. En la habitación hay tres camas, una de ellas de matrimonio.

Nada más llegar Sara se mete en una cama y se tapa para relajarse. Cuando cierra los ojos se sigue moviendo todo. Unos tres cuartos de hora después nos llama nuestra mama para decirnos que la comida está servida. Voy a bajar yo sólo porque es mejor que Sara no coma. Cuando le digo que tiene la tripa revuelta prepara una infusión con una hierba que tiene en la ventana y se la sube. Parece que le va bien y baja a comer algo. Hay sopa de verduras con patata, zanahoria y un montón de cosas más y luego nos trae patata cocida, queso frito y oca, el nombre quechua de una especie de rábano. La oca no me acaba de gustar y Sara tampoco está para comer mucho. Volvemos a la habitación a que se tumbe otra vez.

El guía nos dijo que quedábamos a las cuatro arriba. Arriba no sabemos donde es y como la mama habla poco español nos preocupa que ella lo sepa. Nos confirma que lo sabe y que nos avisará para llevarnos. Antes de subir nos ha sacado una manta con gorros, guantes y chompas tejidas por ella. Le hemos comprado un gorro para ayudarle.

A las 15:40 nos llama para que la sigamos. Sara se encuentra mejor y ha decidido venir. Si hay alguna cuesta importante y no puede porque se canse, nos esperará abajo. Mala elección, porque sólo para llegar al punto de encuentro nos tiramos veinte minutos escalando el pueblo. Mientras andamos nuestra mama va tejiendo un gorro, y cuando lo termina empieza a hacer una madeja de lana para el siguiente. Nos ha dicho que es lana de alpaca.

El punto de encuentro está al lado de un campo de fútbol sala y baloncesto. Estamos a unos 4.100 metros. Hay que tener muy buenos pulmones para ponerse a jugar, pero se prepara un partido entre locales y turistas, otro grupo. Nosotros nos vamos. Hay que llegar a lo más alto de la montaña, al templo de Pachatata. La subida sigue siendo dura. Sara decide volver al campo y esperarnos allí. Volver a la casa está descartado porque no tenemos ni idea de cómo hacerlo. Tendrá que estar una hora y media más o menos allí esperando. Se está levantando mucho aire y comienza a hacer frío.

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Comentarios

  • Masmi
    12 julio, 2009 a las 02:27

    Jo, lo que estoy sufriendo por Sara! :-S

  • JAAC
    13 julio, 2009 a las 09:55

    Tranquilo Masmi, que se recuperó 🙂