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Perú (XLVI), paseando por Lima, museo de la Inquisición

Viernes 15/05/2009 (2)

El hotel tienen internet en el primer piso, pero es un ciber café. Al rellenar la hoja de la habitación he visto una pegatina de “wifi zone”. Pregunto a la chica de recepción y me dice que sí, que es para clientes. La contraseña cuesta un sol y luego el uso es ilimitado. Nos asegura que la contraseña no cambia cada día, mañana seguirá funcionando. Con la contraseña en el bolsillo vamos al museo de la inquisición.

Es el museo de la inquisición y del congreso. Según nos cuenta el guía, visita guiada gratuita, en el edificio han llegado a estar ambas instituciones, por supuesto, en épocas distintas. Somos los únicos turistas (exceptuando posible turismo interno) del grupo. Empezamos el recorrido por la sala de audiencias. En ella el tribunal, compuesto por tres personas: dos clérigos, uno de ellos el juez, y un seglar, escuchaba los cargos e interrogaba al acusado, al acusador y a los testigos. Eran necesarios tres testigos para presentar una acusación.

El tribunal del Santo Oficio juzgaba únicamente los delitos de herejía, es decir, aquellos relacionados con asuntos religiosos. En realidad, los que iban en contra de las creencias cristianas que ellos defendían. El de Lima fue el primero que se estableció en toda Sudamérica, en 1.569. Al poco tiempo se estableció otro en México y por último uno en Colombia. Sólo hubo tres en todo el cono sur, sin «franquicias». El peruano permaneció activo durante unos 250 años y falló unos 1.500 juicios. A pesar de lo que pueda esperarse de la institución sólo 32 fueron penas de muerte, que se cumplieron la mitad en la hoguera y la otra mitad con garrote. De estas 32 ejecuciones sólo una fue de una mujer en 1.736, la última ajusticiada.

Hay que tener en cuenta que este tribunal sólo atendía a querellas contra españoles, criollos y mestizos y el número de estos era relativamente pequeño, mucho frente al de indígenas. Esto explica el que hubiera tan pocos casos tratados en 250 años. También se dictaban sentencias absolutorias, de hecho dos de los más importantes santos peruanos estuvieron encarcelados en las celdas secretas de la inquisición acusados de “iluminados”. Es decir, aseguraban llegar a estados de conciencia superiores en los que entraban en contacto con Dios. Estos santos fueron Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres.

Durante el recorrido por las salas nos explicó el origen de la expresión sambenito, referida a una demostración de culpa. Cada tres o cinco años, el Santo Oficio realizaba un gran auto de fe en la plaza de armas de la ciudad. Este evento era proclamado por las calles con más de dos meses de antelación. En él los reos del momento eran conducidos a la plaza para escarnio del resto del pueblo. Portaban un traje amarillento sobre el que exhibían una cruz roja y un capirote, ambas prendas solían incluir algún detalle relativo al delito que se les imputaba. Dicho traje era conocido como “saco bendito”. Con el tiempo se contrajo llegando a ser sambenito. Para evitar la mala imagen a los que iban a quedar libres, el Santo Oficio utilizaba otro símbolo más. Los que eran condenados portaban una vela verde, mientras que los que iban a ser absueltos portaban una rama de laurel.

La institución, al menos aquí, limitaba lo más posible los castigos corporales y las torturas. De hecho, incluso las penas eran bastante benignas (excepto las de muerte, por supuesto), llegándose a condenar a ayunos, rezos y oraciones. Se buscaba el arrepentimiento y si éste llegaba la pena era suavizada. De todas formas lo más habitual era condenar a latigazos. Un número entre 50 y 200 dependiendo de la constitución física del reo. Toda esta información se basa en los registros de los tribunales. Todo está escrito y hay información de primera mano.

Una parte del recorrido nos lleva a las dependencias inferiores donde han escenificado con maniquíes cuatro de las torturas más habituales y dolorosas. El potro, en el que el verdugo hacía girar una rueda que tensaba cuatro cuerdas atadas a las extremidades del torturado. Su nombre proviene de la similitud de ser torturado por cuatro caballos tirando de las cuerdas. También está el ahogamiento, tristemente famosa por seguir siendo utilizada en la lucha contra el terrorismo por parte del gobierno norteamericano. Los latigazos, en la que el maniquí-reo se encuentra atrapado en un cepo. La garrucha o polea, en la que se ataban por la espalda las muñecas del reo y se subían tirando de una cuerda. Una vez izado lo suficiente se dejaba caer parando el descenso bruscamente antes de que los pies llegaran a tocar el suelo. Para añadir más dolor se solía atar peso en los pies para aumentar la velocidad de la caída. Un maniquí sufriendo latigazos y otro sufriendo garrote completan la sala.

Un interesante museo, aunque menos morboso de lo que cabía esperar, que nos ha llevado a cruzar una de las avenidas que delimitan, según la guía y el plano del hotel, la zona segura de Lima para turistas. Tampoco es que nos hayamos alejado mucho, que con todo el mundo diciendo que puede ser peligroso no queremos arriesgar demasiado. Cuando el río suena, agua lleva.

Volvemos a la «zona segura» y entramos en el museo del banco nacional. La planta inferior, sótano, tiene restos arqueológicos de distintas culturas peruanas, así como una colección privada de objetos de oro. Esta colección se encuentra en una cámara acorazada. En la planta noble y en la superior no sabemos muy bien que hay porque cierran el museo antes de que podamos recorrerlas. Es de entrada libre, de manera que mañana o pasado volveremos a entrar.

Nos estábamos dirigiendo a la calle de los cambistas. En el hotel siguen haciendo el mismo cambio que hace dos semanas, 3,80, y las cosas han cambiado desde entonces. Pasamos frente al ministerio de relaciones exteriores. Un edificio colonial con unos balcones de madera trabajados hasta el mínimo detalle. Al ser un edificio oficial y en uso no puede ser visitado.

Como ya pasó hace quince días nos vuelve a sorprender la cantidad de gente que pasea, aunque hoy es mucho más pronto, por la calle mercaderes. Ya en la parte inicial encontramos a cambistas con chalecos reflectantes. Por curiosidad preguntamos el tipo, según la guía no es aconsejable cambiar en la calle debido a la cantidad de billetes falsos que circulan por el país. Es el mismo que en el hotel, bajo.

En la primera casa de cambio nos ofrecen 3,90. Es aceptable, pero como la calle está llena de oficinas decidimos preguntar en alguna más antes de lanzarnos. La que más nos da es 3,90 como la primera y muchas bajan hasta 3,88. La primera, por ser la primera, es la que se queda con nuestros 50 euros. Sara preguntó antes en el hotel si se podía pagar con tarjeta y la respuesta fue que no.

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Comentarios

  • Alicia32
    29 julio, 2009 a las 08:28

    Estaba pensando que por lo menos aqué en España, el otro día fui a pagar en una tienda y la chica tenía un boli que pintaba sobre el billete. Si se ponía negro era que es falso (o algo así). Si funcinara con cualquier billete te lo llevas y así te aseguras del cambio..(vaya comedura de cabeza…je je)

  • JAAC
    29 julio, 2009 a las 16:47

    Te adelantas! jajaja pero bueno, nosotros preguntamos el primer día, en la primera oficina de cambio. Nos dijeron que si al mover el billete el número que indica su valor cambia del morado al gris es que es bueno, si no, es falso. De todas formas muchas casas de cambio les ponen un sello a los billetes para demostrar que es bueno, si no lo es puedes devolverlo y te lo cambian por otro.

    Sorprendentemente, visto el valor que tienen, ¡también falsifican las monedas! Las buenas tienen el borde parecido a nuestros euros: redondo con rayas verticales, las malas nos dijeron que están como mordidas y no son perfectamente circulares.