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Las plazas Durbar de Katmandú, esencia de Nepal

  

Ruidoso, caótico, agobiante por momentos… así es el centro de Kathmandu, la plaza Durbar, Durbar square en inglés. Aunque dicho así no parezca un lugar recomendable para visitar, nada más lejos de la realidad. De acuerdo que pasear por una ciudad en la que viven casi 20.000 personas por kilómetro cuadrado –y eso sin contar las vacas que, como en India, tienen vía libre por cualquier parte– puede parecer una locura comparable a recorrer el centro de Madrid en Navidad, pero es la esencia misma de Nepal. Un país formado por la unificación de muchos pequeños reinos que en el Valle de Katmandú reúne a tres: el propio Katmandú, Patan y Bhaktapur, con sus plazas Durbar.

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La historia del país está en sus plazas Durbar, las plazas frente a los antiguos palacios de los distintos reinos que formaban Nepal antes de su unificación. Templos, palacios, leyendas, incluso diosas conviven en ellas con miles de personas que las atraviesan cada día. Porque, a pesar de ser riquísimos museos, son un espacio abierto al que los nepalíes van a charlar con los amigos, a descansar en las escaleras de sus templos o, simplemente, a mirar a los turistas que las recorremos con la boca abierta y lamentando no tener más ojos para poder fijarnos en más detalles.

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Bienvenidos al Valle de Katmandú.

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Pasear por una plaza Durbar

Da igual que hayas contratado un guía, que lleves una guía en papel o incluso que no tengas ni idea de lo que es nada de lo que ves, la impresión es brutal. El nivel de detalle que hay en cada columna, en cada tejado, en cada escultura… es tal que, como si de un cuadro de El Bosco se tratara, cada vez que miras ves algo que se te había escapado la primera vez. ¿Cuánto tiempo tendrías que estar en la plaza o cuántas veces tendrías que volver? Infinitas. Incluso infinitas puede que se quede corto, porque además de lo que está grabado en madera o en piedra, el escenario no para de cambiar con rickshaw que pasan y paran, mujeres que caminan con sus saris hacia los mercados o a recoger agua, jóvenes que contrastan con las tradiciones pero que siguen sintiendo como suyos todos los templos y construcciones o santones paseando y meditando.

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Las tres plazas Durbar del Valle de Katmandú son Patrimonio de la Humanidad, pero las tres son diferentes. Cada una de las plazas era la demostración de poder de un reino, de hecho de tres reinos tan cercanos que hoy casi se consideran una única ciudad. Leyendas, tradiciones, festividades, dioses… parecidos pero diferentes.

La plaza Durbar de Katmandú

Casi con total seguridad, la de Katmandú será la primera plaza Durbar que veas. Lo normal es que en tu paso por la ciudad te alojes en el barrio de Thamel que está bastante cerca de la plaza. Esa contaminación que estaréis notando –sólo con leer esto ya deberías estar casi tosiendo por el humo de los coches, verás a mucha gente con mascarilla– hace que el aspecto de los edificios sea más antiguo de lo que de verdad es, pero, ¿a quién le importan las fechas exactas cuando todo te llama tanto la atención que no sabe a dónde mirar? Desde la Kumari Bahal, donde vive la reencarnación de la diosa Taleju, hasta el antiguo palacio real, el Hanuman Dhoka. El templo de Kasthamandap de donde la ciudad tomó su nombre, las figuras eróticas talladas en la madera de los templos Jagannatha y Maju Deval… Muchos templos que ver, no en vano, la de Katmandú es la mayor de las tres plazas Durbar con sesenta grandes edificios históricos.

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Siéntate en las escaleras de cualquiera de ellos y piensa en Sthendal. Esto es sólo el principio todavía quedan otras dos plazas Durbar.

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La plaza Durbar de Patan

Otro reino, otra plaza Durbar. En Patan no hay coches en el interior de la plaza, aunque eso no hace que esté libre de la contaminación. Ya te habrás dado cuenta de que frente a cada templo hay una estatua que mira a su entrada. Es el “vehículo”, vájana, de la deidad a la que está dedicado. Si ves un humano con alas de águila, un garudá, el templo estará dedicado a Visnú, si es un toro, será Shivá. La tercera divinidad principal del hinduismo, Brahmá, tiene muy pocos templos dedicados y no veréis ningún jansá, un ganso o un cisne, mirando a ninguno de los templos de las plazas Durbar del Valle de Katmandú.

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Como pasaba con la de Katmandú, no pienses que nada más salir de los límites de la plaza –momento en que te puedes quitar la pegatina que te identifica como turista que ha pagado por poder entrar– se acaban los templos. No te pierdas, aunque sea muy fácil perderse, pero no dejes de caminar por las calles que llegan a las plazas y asombrate con templos casi ocultos entre los edificios.

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La plaza Durbar de Bhaktapur

Bhaktapur es el reino más antiguo del Valle de Katmandú y su plaza Durbar a pesar de ser la más pequeña, es la más antigua. A diferencia de los templos de las otras plazas, aquí los hay construidos totalmente en piedra. ¿Por qué? Son réplicas de templos que están en India y que son lugares de peregrinación obligatoria para los fieles del hinduismo a los que los reyes de Bhaktapur iban todos los años. Peregrinar hace siglos no era tarea sencilla, así que los rajás decidieron construir réplicas en su reino y convertirlas también en lugar de peregrinación.

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La ciudad de Bhaktapur estaba situada en la ruta entre Tibet e India y eso la convirtió en rica y poderosa. De hecho, en esta plaza se alza el templo más alto del país: el templo de Nyatapola, construido sobre cinco niveles y con cinco plantas. En cada nivel dos esculturas flanquean las escaleras demostrando que no es sólo el más alto, sino también el más fuerte. Las primeras son dos luchadores del siglo XVIII, Jai Mal y Patta, que contaban con una energía diez veces superior a los demás mortales. En el siguiente escalón dos elefantes, que tenían diez veces la energía de los luchadores. Les siguen dos leones, dos animales mitológicos y dos diosas Tantra. En el interior del templo está la estatua de la diosa Mahishasura Mardini. Es una encarnación de Durga, Párvati, creada a partir de la energía de todos los demás dioses para luchar contra el demonio Mahisha.

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Cada plaza mostraba el poder de un reino y como tal servía y sirve para asombrar a sus visitantes. Siglos después ya no hay reyes en los palacios, pero siguen las tradiciones, las leyendas, los templos y las diosas a los que hoy se unen los viajeros.

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