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Saxofonistas rumanas

  

Mi primer viaje al extranjero no pudo ser más premonitorio de lo que me esperaba en el futuro: un viaje inesperado, un país poco visitado y nada planeado.

La decisión del destino no fue mía. Un amigo había decidido pasar sus vacaciones en Rumanía y nos ofrecía apuntarnos al plan. ¿El motivo de que fuera ése el destino? Que no había encontrado más que una guía del país en todas las librerías en las que había mirado, unido al detalle de que no conocía a nadie que hubiera estado allí. ¿El plan? Comprar los billetes de avión, reservar la primera noche y alquilar un coche, además de improvisar mucho durante las dos semanas de viaje.

Nos apuntamos tres amigos y los cuatros nos plantamos en la oficina de turismo de Rumanía en Madrid para que nos contaran algo. La siguiente parada fue en las oficinas de Tarom, la compañía aérea rumana. En el año 99 no se compraban los billetes por internet, ni los billetes ni nada. Vuelos a Bucarest sólo había con Tarom y con Iberia. Con Iberia costaba un 50% más. Como en los anuncios de comparadores de vuelos, descubrimos, al llegar al aeropuerto, que el vuelo de Ibera era el mismo que el de Tarom: código compartido, pero distinto precio.

El primer contacto con el país fue, cuanto menos, curioso. Después de perdernos por Bucarest con el coche, conseguimos llegar a nuestro hotel. Dejamos el coche en el aparcamiento y mientras entrábamos al hotel oímos que nos gritaba un hombre al lado de nuestro coche. Por supuesto no entendimos nada. El de recepción nos explicó, con cara de susto, que teníamos que pagar por dejar el coche allí. Nuestra impresión fue que se trataba más de un “impuesto revolucionario” del gorrilla de turno, que de un suplemento del hotel: había que pagárselo al caballero directamente. Lo bueno, que al cambio eran ¡100 pesetas! (0.60 euros).

El siguiente fue todavía más sorprendente. Volvimos al centro de Bucarest para cenar algo y ver la vida de la ciudad. Nada más bajar del coche se nos acercó un muchacho de no más de 16-17 años a ofrecernos chicas. Al decir que no, nos trató de convencer diciéndonos que eran niñas de 15 años. ¡Menos todavía!

Por suerte, el resto del país, las zonas rurales y los pueblos pequeños, era totalmente distinto. Gente amable que se esforzaba en ayudar a los turistas perdidos. Estuvimos charlando y de bromas con gente en bares, en las casas en las que nos alojamos, en nuestros paseos turísticos…

Aunque también vivimos alguna situación estresante.

Descubrir cuál era su trabajo fue un poco chocante. “Saxofón” repetía. No parecía música. Uno de nosotros cayó en la cuenta de que se pueden soplar más cosas que un saxo y todo encajó. La señorita, dejando clara su profesión, nos ofreció sus servicios de saxofonista. Como habíamos hecho en Bucarest, declinamos el ofrecimiento y seguimos con nuestra partida de pocha.En Târgoviste, el tercer día de viaje. Tras llegar con el coche y encontrar un hotel en el que dormir, salimos a cenar y a tomar algo. Después de cenar, nos sentamos en una terraza y sacamos la baraja de cartas. Al poco tiempo teníamos a varios parroquianos alrededor mirando las cartas y tratando de entender el juego. Entre los parroquianos, una mujer que reconoció rápidamente las monedas en la mesa (esas pesetas…) y nos llamó “españoles”. En un español bastante comprensible, nos contó que había estado trabajando en Valencia.

Ella continuaba insistiendo. Cada vez había más parroquianos y parroquianas, algunas dispuestas a soplar también. Entre los parroquianos pronto destacó uno. La saxofonista hablaba con él y nos señalaba. Él volvió al ofrecimiento. Estábamos frente al director de orquesta que no aceptaba un no por respuesta a su invitación al concierto. Ya tenía una banda de vientos a nuestro alrededor deseando interpretar alguna pieza.

Lo que comenzó como una partida tranquila y siguió como una broma y unas risas, estaba degenerando en algo que activaba nuestro sentido arácnido. En cualquier momento, el director de orquesta podía decidir que, oyéramos o no el concierto, teníamos que pagar la entrada… Había pedido un cigarro. Ante la indiferencia del único fumador del grupo, volvió a insistir. Volvió a hacerlo mientras nosotros decidíamos que se acababa la partida y que nos marchábamos –tranquilamente, pero sin pausa– al hotel.

Nuestro amigo fumador le ofreció un cigarrillo al levantarse. Él tomó el paquete. Cogió uno. Y se guardó el paquete en la chaqueta. Tampoco íbamos a discutir por un paquete de tabaco…

Tranquilos por fuera, pero preocupados por dentro, nos alejamos oyendo las risas de las concertistas y los gritos del director de orquesta y sus amigos. Por el camino, como ya habíamos visto en otras ciudades, nos cruzamos con una pareja de policía y militar. El uno con la pistola y el otro con el kalashnikov, patrullando la ciudad. Como los que habíamos visto antes, ninguno de los dos tenía pinta de haber superado los 20 años.

Encuentra más situaciones curiosas en Experiencias viajeras.

  

10 comentarios

  1. 15 febrero, 2012 en 10:54 — Responder

    Salut! Rumania ha debido cambiar mucho desde los años 90 hasta ahora. Cuando nosotros estuvimos, era un país bastante pobre pero con gente amable. No vivimos ninguna situación parecida. Nos ha gustado cómo lo has contado y, más todavía, hacer “memoria” (no hace falta tanta porque en realidad fue ayer) de cuando nada se compraba por Internet y se viajaba con pesetas… Parece mentira cómo todo (o casi todo) ha cambiado tanto en tan poco tiempo!Multumesc!

  2. Purkinje
    15 febrero, 2012 en 18:02 — Responder

    Buff, vaya historia!!

    Yo le tengo muchas ganas a Rumanía… Afortunadamente no creo que tenga problemas con saxofonistas!! XD

  3. Helena
    15 febrero, 2012 en 21:20 — Responder

    ¡Menuda historia!
    Menos mal que yo tampoco lo viviré porque que mal rollo…
    Un saludo

  4. conxa
    16 febrero, 2012 en 12:23 — Responder

    De Rumania no habias escrito antes ¿verdad?

    Impresiona la historia.Menos mal que los 4aguantasteis con aparente sangre fría,por que lo malo de estos malos rollos,es que haya alguien que responda a la provocación.

  5. JAAC
    19 febrero, 2012 en 23:18 — Responder

    Hola Viajes de Primera!
    Mi viaje a Rumanía fue en los 90, aunque en el último año de los 90, el 99. En aquel momento seguía lleno de gente muy amable y pobre. En cuanto salimos de las ciudades grandes todos se volcaron en ayudarnos, en hablar con nosotros, en reírse con nosotros… ¡Gente estupenda!
    Acordarse de lo que sucedía antes de que hubiera internet y acordarse de cómo se hacían las cosas sin conexión nos hace parecer, no ya mayores, ¡antiguos! Y lo de cambiar pesetas también es algo que ya casi no se recuerda!

  6. JAAC
    19 febrero, 2012 en 23:20 — Responder

    Hola Purkinje!
    Haces bien en querer visitar el país, tiene unas gentes fantásticas y mucho que ver y que ofrecer.
    Lo importante es no tener problemas con nada 😉 aunque luego te rías al recordarlos :-p

  7. JAAC
    19 febrero, 2012 en 23:22 — Responder

    Hola Helena!
    jajajaja, se pasa “mal” cuando piensas que todo se puede estropear, pero en cuanto giramos la esquina y entramos al hotel todo fueron risas.
    Lo que te pasa en el viaje, cuanto más “extraño” más divertido.

  8. JAAC
    19 febrero, 2012 en 23:23 — Responder

    Hola Conxa!
    No, Rumanía es un viaje muy antiguo, del siglo pasado!! jajaja
    Sí, lo mejor en estas situaciones es estar lo más “tranquilo” posible (o al menos que lo parezca) y todo suele pasar sin problemas. Aunque es mejor tener también los dedos cruzados por si la moscas 😉

  9. Juan
    22 febrero, 2012 en 15:42 — Responder

    Que recuerdos.
    En aquella época todo era distinto incluso las compañias de vuelo. Todavía me acuerdo las botellas de vino que nos tomamos en el vuelo de Tarom.

  10. JAAC
    22 febrero, 2012 en 16:03 — Responder

    Hola Juan! Tú sabes tanto de aquella situación como yo 😉

    En los vuelos de LAN todavía te dejan pedir incluso cubatas!

    Qué gran vuelo aquél, dormidos en los asientos libres, el otro tipo que nos vio mala cara y nos empezó a decir que no se nos ocurriera tratar de comprar costo que nos mandaban a la cárcel y que beber y conducir… No había manera de separarse de él! jajaja

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