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El lago sagrado, los ghats de Pushkar

Martes, 21/06/2011 (4)

Los ghats siguen estando en el mismo sitio y sigue siendo complicado acercarse hasta que encontramos una especie de avenida que llega hasta allí. Bajamos por ella y, sin acercarnos al agua, lo de quitarse los zapatos sigue descartado, vamos caminando paralelos al agua. Para ir de una zona a otra hay que pasar por pequeñas habitaciones. Miedo nos da entrar allí… no sabemos lo que nos podremos encontrar dentro. Al salir de una de ellas uno de los que estaba bañándose me mira y se ríe. Resulta que acabamos de pasar por el vestuario femenino. ¿Es ahí donde se cambian las mujeres para bañarse?

Al ver que las ahogadillas y los saltos al agua son normales decido que también lo pueden ser las fotos. Soy tan respetuoso como ellos con sus reglas en los gaths. Eso sí, las fotos las hago con la cámara en la tripa y sin mucha parafernalia.

Salimos de la zona del lago buscando el templo dedicado a Brahmā. Hay muy pocos templos dedicados a Brahmā en el mundo, en teoría debido a una maldición que le lanzó su esposa Saraswati. Brahmā quería realizar una mortificación en el lago en luna llena y era necesaria la presencia de su esposa. Saraswati llegó tarde y Brahmā se casó con una lechera llamada Gayatri. Cuando llegó su mujer y lo encontró en brazos de otra mujer se enfadó mucho y le lanzó una maldición: sería olvidado por los hombres. Los demás dioses trataron de convencer a Saraswati de que la quitara, pues se trataba de una maldición muy grave. Ella se mantuvo firme pero aceptó que se erigiera un templo en Pushkar. Desde entonces son muy pocos los templos en su honor en todo el mundo. Uno de los más famosos, y el único de la India, es éste, en Pushkar.

Por puro azar nos hemos alejado del lago justo al lado del templo y al preguntar por él nos dicen que está al final de la calle en la que estamos.

Como en el Dargah de Khwaja Muin al-Din Chishti esta mañana también está prohibido acceder al templo con nada: ni zapatos, ni bolsos, ni cámaras. Aquí hay mucha menos gente pero tampoco parece que haya ningún orden en el guardado de zapatos y menos aún una consigna para las mochilas y las cámaras. Volvemos a la misma estrategia: uno se queda fuera con todo y el otro entra, luego se cambian los papeles. Confío en que ahora sí que lo hagamos y yo también lo vea. No hay un montón de gente fuera que se quede mirando, ni tampoco hay una marabunta entrando al templo.

Mientras Sara se está descalzando y me pasa la mochila llegan una pareja de españoles que, al ver que nos entienden y que Sara me lo está dando todo, nos preguntan si no se puede entrar calzado. Les decimos que no, que es un templo y para entrar en los templos hay que descalzarse. También les comentamos que tampoco se puede entrar con la cámara. El hombre nos pregunta si no se puede ni pagando, porque comenta que en algunos sitios, pagando, se puede entrar con la cámara. Tienes razón, pero en los templos, cuando dicen que no se puede entrar es que no se puede. En los casos en que te dejan entrar pagando el precio por la cámara está siempre a la vista. Ellos toman la misma decisión y también es ella la que sube, hay unas escaleras para entrar en el templo, primero.

Al poco tiempo vuelve Sara y me dice que, a pesar de no ser una maravilla, no todo puede ser una maravilla y en este viaje ya hemos visto muchas más de las que esperábamos, es interesante. Todas las paredes están llenas de lápidas en recuerdo a los muertos. Perfecto, sobre todo porque tampoco hay mucha gente.

También ha salido la otra chica y es el turno de él. No sé cuánto tiempo llevarán en la India, ni qué habrán visitado hasta ahora, pero la cara con la que se quita los zapatos y la manera en la que dice que todo está muy sucio nos lleva a pensar que poco tiempo o que es la primera vez que ha salido del hotel. En cuanto hubiera salido a la calle ya se habría acostumbrado a la suciedad y con la visita al primer templo, a ir descalzo.

El templo no tiene la belleza de los jainistas, ni tampoco hay nada que llame especialmente la atención, pero los grabados dedicados a los muertos hacen que sea interesante, además de ser uno de los pocos templos dedicados al dios en el mundo.

Como ayer en Udaipur, aquí también hay un punto desde el que se puede disfrutar de la vista del lago desde arriba. El calor nos ha quitado las ganas de movernos y lo que hemos visto del lago nos ha parecido suficiente. Sabemos que no está a la altura del lago Pochala, así que la vista tampoco lo estará. Aprovechamos el resto del tiempo para ir adelantando nuestro viaje. En el centro hemos visto algunas agencias de viaje.

Lo malo de las «agencias» es que todas son cibercafés y lo único que te ofrecen es entrar en la misma página en la que nosotros hemos mirado la disponibilidad de de los trenes y comprarlos allí. Ya hemos visto antes que no hay disponibilidad más que con lista de espera y no tengo la menor intención de poner los datos de la tarjeta de crédito en sus cibercafés con ellos al teclado. Pensábamos que, como nos pasó en Udaipur, que nosotros no consiguiéramos plaza no significaba que en una agencia no lo pudieran hacer, pero si este es su modo de trabajo es evidente que no.

En una que parece algo más que un cibercafé encontramos a un hombre que, al preguntarle por el safari en el Parque Nacional de Ranthambore, nos dice que conoce a una persona en Sawai Madhopur (la ciudad que está al lado del parque y a la que queremos ir) que los organiza. Eso sí, da la casualidad de que no consigue contactar con él. Mientras tanto, nos deja caer que nos podría alquilar un coche con conductor para ir desde aquí, o desde Jaipur, a Sawai Madhopur y que luego nos llevaría a donde quisiéramos. Eso no lo tenemos entre nuestros planes y sería la última opción. Lo que vemos es que está tratando de vendernos cualquier cosa, y empezamos a dudar de que, de verdad, conozca a nadie que organice safaris.

Decidimos irnos de allí, mejor coger el autobús a Ajmer y seguir buscando mañana en Jaipur. Jaipur es la capital de Rajastán y habrá más oferta de agencias y de todo. Además, el último autobús sale a las nueve de la noche y ya son las siete. Es evidente que habrá más, pero como se vayan llenando como todos los que hemos cogido hasta ahora, es mejor no estar allí para coger el último.

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