AsiaUzbekistán

Al bazar

  

Domingo, 06/03/2011 (1)

Según la guía hay que llegar a Urgut cuando despunta al día para encontrar las mejores ofertas. Tampoco es que tengamos previsto comprar nada, pero como el plan es llegar a tiempo de comer el plov hemos puesto el despertador a las siete. El primer día nos dijeron que el desayuno era de siete y media a nueve. Dudamos de que a las siete y media esté, pero tampoco creemos que tarden mucho en prepararlo en cuanto nos vean.

Efectivamente no está. Ni los platos ni las tazas están colocados. Pero en cinco minutos lo tenemos todo sobre la mesa. Hoy es la cantidad generosa y además la señora que lo sirve nos dice que probemos la cosa que parece nata. Debe estar cansada de traérnosla todos los días y que nunca la hayamos ni rozado. Entendemos, por sus gestos, que hay que mezclarla con lo que parece mermelada. Sara lo hace y dice que no está mal. Yo la pruebo sola y sí que está buena.

Antes de las ocho bajamos con los Symbios. No sabemos si volveremos antes de las doce, la hora a la que hay que dejar la habitación, así que la dejamos ya. Los Symbios se quedan en el cuarto de la lavadora.

En la esquina de la que salen las marshrustkas sólo hay una. Por no haber, no hay ni taxis. Le preguntamos al que está allí si va a Urgut y nos dice que sí. Ayer nos dijeron que 2.000 cada uno, le enseñamos cuatro billetes de mil y nos dice que sí. Al poco tiempo llega otra señora mayor que también va. Lo malo de las marshrustkas es que no salen hasta que no se llenan, como los taxis compartidos, pero tienen más asientos. Dependemos de que venga más gente para salir.

La señora se impacienta y para un coche que pasa por allí. Llega a un acuerdo con la pareja que va dentro y nos hace una seña para que vayamos. Le preguntamos cuánto, porque no vemos que el Matiz (siempre Matiz en este país) tenga mucho sitio para ir cinco. Nos dice 3.000. Son mil menos así que va bien. Pero nos saca de nuestro error cuando nos indica que 3.000 cada uno. Pues para eso nos quedamos, que hay más espacio en la Damas. El conductor de la marshrustka ha cambiado de opinión y ahora dice que no va. Será que espera que llegue más gente con otro destino y que Urgut ya no le motiva. No parece que haya más alternativa que meterse en el coche a presión.

Lo bueno es que llegaremos antes en un coche. No hará paradas para que suba y baje gente.

En un coche normal puede que sí, pero no es el caso. Cada vez que pasamos por delante de una gasolinera frena para mirar el precio. Se mete en una que le gusta pero no debe tener. Ya nos dijo Bakhtiyar que había problemas de suministro. Más adelante cambia de sentido para ir a la gasolinera que está al otro lado de la mediana.

Aquí sí que echa, pero poco porque la aguja del depósito marca un cuarto cuando salimos. Para salir va en dirección contraria hasta que llega al sitio en que se abre la mediana… Qué grandes son estos uzbecos.

Lleva música discotequera y tanto el conductor como su acompañante van medio bailando, tarareando y dando alguna que otra palma. La carretera es tan mala como todas las demás del país y el coche va frenando y dando tumbos casi constantemente. No es esto lo mejor para hacer la digestión del desayuno, pero es lo que hay. En un momento dado sube el volumen de la música y se viene arriba. Acelera y mete al coche en un par de baches que no le revientan los amortiguadores de casualidad. Mejor deja la música bajita y estate tranquilo campeón.

Cuando llegamos a Urgut nos encontramos con el gran atasco. Por la carretera no hemos visto mucho tráfico, pero aquí la fila de coches y marshrustkas es increíble. Por si fuera poco, todos pitando. Nuestro conductor lo que busca es un sitio para dejar el coche. Parece que toda la ciudad es el bazar. En cuanto lo encuentra cruza un par de carriles y apurando el sitio lo deja aparcado. Le damos los 6.000 som y cada uno por su lado.

  

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