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Jiva (II)

  

Lunes, 28/02/2011 (y 4)

Frente al fuerte está la mezquita-museo-madraza de Mohammed Rakhim Kan del siglo XIX. En la que, a pesar de ser un edificio religioso, la señora que lo guarda nos saca calcetines hechos por ella para hombre, para mujer, para niño, para bebé, guantes… lo que haga falta para que compremos algo. Debe haber bastante turismo interno porque incluso hay tiendas de recuerdos abiertas en la calle y somos los únicos occidentales del país, sólo nosotros y los otros dos españoles que iban a Taskent por trabajo, los del avión.

Al lado hay un camello (en realidad dromedario, una única joroba) Katya para hacerle fotos. El pobre, o la pobre con ese nombre no se sabe, tiene una pata atada a un palo con muy poco movimiento. Lo peor es que sabemos su nombre porque lo pone en la guía que se escribió ¡a mediados del año pasado! y a saber cuánto tiempo llevaba ya ahí.

Además de una tienda de recuerdos que se llama “Alí Baba y los 40 ladrones en Jiva”, también hay otra referencia que, a los occidentales nos parece de cuento: el mausoleo de Aladin, Sayid Alauddin. No tiene mucho que ver, y ya está cerrando. El anciano que lo cuida tiene una estufa de las de resistencia eléctrica y un gato que está a no más de quince centímetros helado de frío.

Caminando por la calle otra señora mayor nos dice que nos estamos pasando el museo de la música, la antigua madraza Kozi-Kalon. Es la que cuida ella y también tiene calcetines que tratar de vender. La exposición es cuanto menos extraña: una habitación para cada instrumento y fotos y cuadros de cantantes o músicos famosos, con su familia, o haciendo cualquier cosa que no sea tocar o cantar. Muy raro…

La mezquita Juma tiene en su interior 218 columnas de madera, seis o siete (según la guía) del siglo X y el resto del XVIII, pero no están marcadas y no se sabe cuáles son. También aquí hay un panorama, un minarete, y tampoco aquí está incluido. Pero es la hora del rezo y la que cuida la mezquita está ocupada y no nos “secuestra” como la del balcón de antes. Bakhtiyar nos contó que en Uzbekistán la mayoría de la población es musulmana pero no demasiado practicante: beben, comen cerdo,… hemos debido dar con la única que reza a la hora.

Al entrar a otro de los museos, la ciudad está llena, nos han dicho que estaban cerrando y que volviéramos mañana y viendo que ya están cerrando todo y que el frío es cada vez peor (en cuanto el sol se esconde un poco aquí no hay nada que mantenga un mínimo de temperatura, decidimos buscar el bazar para verlo mañana y volver al hotel.

Camino del bazar nos vuelven a decir en la calle que nos estamos dejando un museo, el de naturaleza. Lo habíamos visto pero el cartel no nos ha llamado mucho la atención: cuatro bichos, dos plantas y una sandía. Venir hasta la estepa de Asia central para ver un museo con una sandía no es la idea con todas las demás cosas que ver, pero ya que el viejo nos lo ha señalado con tanto ahínco y que también nos lleva de la mano allá que vamos.

Lo que nos suponíamos, aunque tiene su punto ver a las serpientes y lagartos metidos en tarros con formol para preservarlos. Cuando estamos yéndonos porque parece que cierra el vejete nos señala otra sala: la de los pájaros, al menos están bien disecados. Después a otra y otra… y no nos habría dejado salir si no llega a pasar la cuidadora diciendo que cerraba. Resulta que el viejo era el guardia, o que vive allí, porque se quedaba dentro.

El bazar está cerrado. Es el antiguo bazar de esclavos y los nichos en las paredes eran los escaparates de la mercancía. El final del bazar coincide con la muralla y la puerta este, la opuesta a donde comenzamos nuestro paseo. Nada más pasar la puerta todo lo que era cuidado e histórico pasa a ser ruina y suciedad. La UNESCO no ha dado dinero para mantenerlo todo.

Ya están cerrando los sitios y por las calles estrechas que no llega el sol hace mucho frío, así que volvemos al hotel. Todavía no son ni las seis, pero vaya clima que tiene está gente. Según Bakhtiyar en Bujará hace más calor, a ver si es verdad.

En el hotel nos dan la llave de una habitación que no es la nuestra. Estamos convencidos de que estábamos en la número 32 pero la llave es la 38. Como tampoco nos hemos fijado mucho vamos a la 38 no fuera a ser. Abrimos y vemos que hay un par de maletas que no son nuestras. Está claro que no es nuestra habitación, pero lo que no está tan claro es que seamos los únicos turistas extranjeros. En todos los museos hemos encontrado gente, pero todos uzbecos, puede que alguno ruso, pero ninguno occidental. De cualquier manera está claro que aquí vencen los franceses y luego los italianos. Todos preguntan en ese orden. Aunque todos saben saludar en cualquier idioma y tratan de venderte sus calcetines zapatilla.

Faltan un par de horas para que haya agua caliente, así que comemos un poco de fuet y crackers, ¿cómo no iban a venirse con nosotros? Escribiendo el diario esperamos que llegue el momento de ducharnos y bajar a pagar la habitación y preguntar por la hora del desayuno.

A las ocho y cuarto, después de confirmar que hay agua caliente, un chorro ínfimo y que sale por donde el grifo marca el agua fría, nos vestimos para bajar a pagar. Cuando ya tenemos las cazadoras puestas y el dinero en la mano, otro pedazo de fajo de 63.000 som, llaman a la puerta. Es el del hotel para preguntarnos a qué hora queremos el desayuno mañana. Es lo que tiene ser los únicos huéspedes, lo mismo la otra habitación era suya, no es que el desayuno sea de tal hora a tal hora, es que nosotros decimos a qué hora lo queremos.

Bajamos a pagar y nos indica la sala donde se desayuna. Le hemos dicho que a las ocho aunque pensándolo bien creemos que es muy pronto. Nada abre hasta las nueve, así que nos despertaremos a las ocho menos diez y después de desayunar recogeremos todo. El de recepción nos pregunta si queremos cenar o si tenemos la cena reservada fuera. Le digo que no. Ahora que hay agua caliente nos vamos a duchar. Justo en ese momento pasa por allí una y le dice que le dé más fuerza al agua. Mejor, porque con lo que salía del grifo poco se podía hacer. También le hemos pedido el registro de la noche y nos ha dicho que ya lo llevábamos en el pasaporte. Esto nos pasa por no mirar antes de abrir la boca.

En cualquier caso no vamos a salir más de la habitación, con el frío que hace fuera como para andarse con bromas. En la habitación hay calefacción y ahora agua caliente, no se puede pedir más a la vida, nos conformamos con poco.

Entre las duchas, secarse el pelo, lavarse los dientes (que hace dos días que no lo hacemos), tumbarnos en la cama y relajarnos se nos van un par de horas, y es a las diez y media cuando nos vamos a dormir. Mañana toca otro paseo por la ciudad, de nuevo braga, gorro, guantes… y luego siete horas de coche con Bakhtiyar.

  

1 comentario

  1. 11 agosto, 2012 en 09:50 — Responder

    I read your psiotng and was jealous

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