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Sudáfrica (XXXVII)

  

Sábado, 05/09/2.009 (y 4)

Más tranquilos tras poner las cosas en su sitio nos vamos a comer. Dos entrecots de medio kilo con salsa de queso y patatas por poco más de ocho euros al cambio cada uno. Seguimos por debajo del presupuesto pero tampoco nos apetece comer postre porque nos esperan cinco horas de coche y puede ser terrible estar demasiado lleno. Aparece de nuevo el conductor (esta vez ni hemos hecho el amago de pedir una mesa para tres o cuatro, estamos cansados) y paga. Con él llega el guía que nos acompaña al coche. Allí se despide de nosotros y nos dice que cogerá un taxi. Nos sorprende que se haya quedado hasta ese momento si se iba a ir con lo extraña que ha sido la situación, pero él sabrá. Le dejamos claro que su tour ha estado bien, que él no ha tenido la culpa de nada.

Nos quedamos en los mismos asientos que esta mañana, no nos apetece ir al lado del conductor, aunque su actitud ha cambiado radicalmente: lleva el cinturón de seguridad puesto todo el tiempo y no rebasa los límites de velocidad. Le preguntamos si ha hecho algo con las luces mientras comíamos y nos dice que no. Perfecto, podemos seguir, pero en cuanto baje el sol, como no funcionen ya está parando y volveremos a tener bronca y esta vez más seria.

El trayecto en coche es frío. No es que ayer tuviéramos mucha conversación con él pero hoy menos todavía. Pensando en que Carmela sabía que no llevaba carné y que ha alquilado el coche más pequeño (por extensión el más barato) en lugar de un 4×4, tomamos la decisión de no pagar absolutamente nada. La culpa de todo lo que ha pasado no es del conductor es toda de ella que lo ha organizado terríblemente mal, no ha elegido la persona adecuada. La única falta del conductor es haberse emborrachado ayer, que no es poco. Carmela nos dijo que es que todo se torció, además de lo de su coche, la persona que nos iba a llevar al lodge le avisó el jueves de que no podía porque su hija había cogido la gripe A, que el guía que ella quería que nos llevara estaba ocupado y no podía, por lo que tuvo que recurrir a otro,… Está claro que hemos tenido mucha mala suerte, pero tampoco es culpa nuestra.

A todo esto ya ha oscurecido y mágicamente las luces funcionan. Después del primer tramo de autopista nuestro conductor ha vuelto a salir a carreteras secundarias. Le preguntamos el motivo, y nos dice que son paralelas y que éstas son más rápidas. Volvemos a la discusión de que corre demasiado y nos dice que no ha pasado ni una vez el límite hoy (cierto), entonces, si vas a seguir los límites, la autopista es más rápida. Le preguntamos si es para ahorrar el peaje y nos dice que no. Luego nos dice que si paga el peaje no tiene dinero para la gasolina. Eso nos deja helados y le volvemos a pedir el móvil. De nuevo se desdice, tiene dinero para las dos cosas, pero lo hace para ahorrar. Le decimos que si fuera nuestro coche es posible que también fuéramos por ahí para ahorrar, pero que no es nuestro coche, no es ni su ni nuestro dinero, y que se meta en la autopista en cuanto pueda.

Se está poniendo nervioso, mantiene el nivel de miedo de después de la llamada, y no nos parece tampoco buena idea, así que le dejamos hasta el desvío. Le decimos que nada es culpa suya, que tenían que haber enviado a otra persona y en otro coche. Nos responde que la próxima vez no se perderá porque ya conocerá el camino y que pedirá un 4×4. La idea es buena, pero nosotros no estaremos aquí la próxima vez, no vamos a hacer más veces este recorrido. Eso sí, le dejamos muy claro que del tema de beber sin parar en el lodge nadie más que él tiene la culpa. A él le dijeron el jueves que tendría que llevarnos a nosotros el sábado a un sitio en el que no había estado nunca. Está claro que no es culpa suya perderse, y que si hubiéramos alquilado un coche nosotros como nos dijo Carmela, no habríamos llegado nunca. También pensamos que Carmela le podía haber explicado cómo llegar usando las autopistas en lugar de las carreteras secundarias teniendo en cuenta que no lo conocía, otro punto negativo para ella.

Lo que sí que está decidido es que no vamos a pagar: se han pasado todo el viaje intentando ahorrar en todo para hacer más negocio con nosotros… y no van a conseguir nada. No teníamos intención de pagarle a él de ninguna manera, pensábamos que lo mismo aparecía la jefa en algún momento, pero ni a él ni a ella. Como al final no hemos conseguido hostal para dormir, finalmente conseguimos hablar con ellos pero eran muy caros comparados con el Brown Sugar, tomamos otra decisión más. Carmela nos va a invitar a pasar una noche en el Intercontinental del aeropuerto. Si el primer día nos pareció extraño que la americana saliera de allí con su mochila, hoy entraremos nosotros. También porque no estamos nada seguros de que este hombre fuera capaz de llevarnos a otro sitio de Jo’burg que no fuera el hostal del que nos recogió o el aeropuerto.

Llegando a la ciudad nos pregunta si vamos a cenar en el albergue. Aprovechamos para cambiar el destino y le decimos que nos lleve al hotel. Tampoco sabe llegar, pero sí que sabe dónde está el aeropuerto, será fácil.

A pesar de llevar un par de días sin ducharnos y de salir de un Golf cubierto de polvo y suciedad, el portero del hotel nos abre la puerta y nos da las buenas noches. Mientras nos registramos ponen a los Symbios en un carro de equipajes y cuando nos dan las llaves nos llevan hasta nuestra habitación. Hay una piscina climatizada y un gimnasio 24 horas en la octava planta y un spa que abre a las nueve de la mañana.

La habitación cuesta un dineral 3.280 R frente a los 270 R de la doble con baño compartido y desayuno incluido del Brown Sugar, pero paga Carmela y nos ahorramos el taxi al aeropuerto. Desde la ventana de la habitación se ven los mostradores de facturación. Nos damos una buena ducha y con el bañador y el albornoz nos vamos a la piscina de la octava. En la ducha me resbalo un poco y eso acaba de romperme, el femoral y el abductor se llevan la peor parte.

La piscina está muy bien y en los vestuarios hay un baño turco. Lo mejor para relajarse: flotar un poco y después un baño de vapor. ¡Qué rápido se puede acostumbrar uno a la vida de los ricos! Si no fuera tan cara.

En la habitación, además de una cama gigantesca, hay una pantalla FullHD y un DVD en el que volvemos a ver nuestra visita a los tiburones y el partido de España contra Bélgica. Después de eso a dormir. Mañana queda ir al museo del apartheid que está dentro del parque de atracciones. Pero tampoco hay que madrugar mucho, abre a las diez de la mañana. Aunque si queremos volver a subir a la piscina…

  

2 comentarios

  1. 13 noviembre, 2009 en 12:40 — Responder

    vayaaaaa menuda habitacion y piscina…y aunque sea una broma fácil, tienes mala pata eh???

    Mucho atraso llevo contigo y este viaje…..

    aunque no comente algunos ya los he leido eh????

  2. 17 noviembre, 2009 en 22:01 — Responder

    Había que darse un homenaje que nos íbamos a ahorrar un dinero 😉

    Nunca habíamos estado en un sitio tan espectacular y eso que Sara, por trabajo, suele ir a buenos hoteles :-O

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