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Sudáfrica (XXXI)

Viernes, 04/09/2.009 (2)

Lo primero que nos dicen en la granja es que podemos comprar toda la carne de cocodrilo que queramos. ¿Así que sólo para que la gente los viera, no? Es, según ella, una de las granjas más grandes de Sudáfrica, ha ido subiendo y bajando de categoría cada minutos. El conductor también entra y disfruta de la visita más que ninguno. Cara de sorpresa, preguntas, él está de vacaciones también. La de la granja nos enseña unos frascos de cristal con cocodrilos en diferentes estados de crecimiento, y el tipo pregunta si están vivos. Lo normal vamos, te meten en un frasco con formol y te conservas como un campeón.

Tienen un espécimen de cuatro metros y medio, un metro más que el tiburón del otro día que ya era grande, y otro de más de 80 años. Al más grande, Rambo, le falta un trozo de cola debido a una pelea con el más viejo, hay dos machos dominantes en la granja. En invierno no comen y se mantienen hibernados. Se mueven, pero reducen al mínimo su gasto. Su dieta consiste en pollo y la cuidadora nos dice que les van a empezar a alimentar a partir del día siguiente otra vez porque ya hace calor. En un estanque aparte tienen un montón de crías de un año de edad. Por el tamaño son como los que cogimos en Egipto.

Volvemos a la carretera. Pero decide mantenerse en las carreteras secundarias en lugar de volver a la autopista que va paralela. Le preguntamos el motivo y nos dice que así vemos las ciudades pasando por dentro, además de que en la autopista hay mucha policía y en las secundarias puede correr más. No es la idea ni atravesar pueblos, ni que vaya a 140 por una carretera de 100, pero suponemos que él sabrá qué es lo mejor por las otras veces que lo haya hecho. Elvis sigue con nosotros aunque ahora va seleccionando las canciones que más le gustan, mientras no hace más que recibir llamadas y llamadas, que si tenía el móvil tan bajo de batería ya se debería haber apagado.

Cuando llegamos a Polokwane, en Afrikaans Fredericksburg (la capital de Limpopo), nos pregunta si nos apetece comer. No es mal momento, pero él no tiene ni idea de dónde llevarnos. Nos confiesa que es la primera vez que está aquí. Decide llamar a Carmela para ver si ella tiene alguna idea. Parece que no tiene y les pregunta a dos que están cruzando la calle. Sara encuentra un par de sitios recomendados en la guía y le decimos que vayamos a esos, total, si hay que buscar, busquemos uno que esté bien.

Después de media hora callejeando por la ciudad encontramos el centro comercial en el que está, Savannha. El sitio está muy bien y nos metemos entre pecho y espalda un par de filetazos de 300 gr cada uno, con espinacas, champiñones y queso el de Sara, y con pimienta negra y champiñones el mío. Deliciosos y por unos siete euros al cambio cada uno. Seguimos dentro del presupuesto, pero es que es difícil llegar a comer tanto dinero. El conductor esta vez se había sentado con nosotros pero se excusó antes de pedir, como si fuera al baño o a fumar un cigarro. El caso es que no volvió y la camarera quitó su plato.

Apareció de nuevo cuando habíamos acabado para preguntar si todo estaba bien y si volvíamos al coche. No hemos visto una cabina, suponemos que podremos llamar desde el lodge así que dejamos de pensarlo. De todas formas no hemos cancelado, por si acaso, la reserva para el sábado en el Bronw Sugar.

La vuelta al coche fue rápida, sólo había que salir del centro comercial, el problema fue la vuelta a la ruta que teníamos que seguir para llegar al lodge. Ya nos había dicho que nunca había estado allí y nos perdimos. Sara, que iba delante, tuvo que sacar el plano de carreteras e indicarle la que tenía que coger. Tampoco es que hubiera muchos carteles y acabamos perdidos. Preguntar en Sudáfrica por una dirección debe tener cierto peligro porque él sólo quería preguntar en las gasolineras y sólo las de dentro de la ciudad, con lo que tuvimos que volver un par de veces desandando el camino recorrido.

Media hora larga después estábamos en el camino correcto. Desde aquí ya no hay autopista, así que más pueblos que cruzar. Poco después de salir cruzamos el trópico de Capricornio, yendo hacia el norte que es lo más curioso. El tipo seguía pisándole al Golf como si fuera en una carrera, ahora con “más motivo” por todo el tiempo perdido y teniendo en cuenta que una de las cosas que teníamos que ver al llegar era la puesta de sol desde unas montañas cercanas al lodge. Lo de ponerse el cinturón de seguridad tampoco entraba en sus planes excepto cuando veía un coche de policía a lo lejos. Una de las veces que lo vio, la policía también le vio a él y nos paró. Con la velocidad que llevaba nos asustó la multa que podía caerle, sino incluso no dejarle volver a conducir. Pero eso no era nada comparado con lo que vino después: ¡no llevaba carnet de conducir ni de identidad! Se había dejado la cartera en la furgoneta que usa normalmente en su trabajo y no lo había podido recoger. Ahora sí que nos temimos lo peor, quedarnos parados en mitad de la nada esperando que viniera alguien a conducir el coche. Se fue con el policía y volvió al rato. No había problema, el policía sólo quería comprobar que tenía carnet, había llamado a la central y todo estaba correcto, según él. Nuestra impresión es que cayó bastante dinero en el bolsillo del policía y que gracias a eso pudimos seguir. Esto no le “asustó”, siguió corriendo en cuanto arrancó con la policía allí parada, y el cinturón volvió a ser totalmente prescindible

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