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Hiroshima, la bomba que cambió el mundo

El seis de agosto de 1945, a las 8.15 AM, el Enola Gay dejó caer la bomba Little Boy, niño o niñito, sobre la ciudad de Hiroshima. Es un hecho conocido, pero no por eso deja de sobrecoger encontrarse en la zona de explosión de la bomba un día cualquiera a las 8.15 AM cuando suenan las campanas junto a la cúpula Genbaku, la cúpula de la bomba atómica. Hiroshima entró en la historia por la puerta falsa, por la puerta de la barbarie y del sufrimiento, y la visita a la ciudad sirve, como las de los campos de exterminio nazis, para recordarnos la maldad que somos capaces de traer a este mundo.

Japon Hiroshima Gembaku Domu

Genbaku Dōmu, el resto de la explosión

En un radio de más de un kilómetro y medio la destrucción provocada por la bomba fue completa. Bueno, no del todo, sobrevivió el salón de promoción industrial, el edificio conocido como Genbaku Dōmu o cúpula de la bomba atómica. Durante el día es, cuanto menos, inquietante con sus vigas a la vista, sus agujeros en la pared, su cúpula “huesuda” sin piel ni carne. Sobre el edificio, a 600 metros de altura, se produjo la explosión más grande y devastadora que el planeta había conocido nunca de la mano de un ser vivo –los asteroides son otra cosa–, aunque tan dudoso honor sólo lo mantuvo durante tres días.

Como os podéis imaginar, han tenido que apuntalar sus restos y se mantiene como un símbolo de aquel día. De noche la sensación es todavía más desasosegante, cuando se ilumina haciendo más visibles si cabe sus cicatrices en la oscuridad nocturna.

Japon Hiroshima Gembaku Domu Nocturna
Visitamos Hiroshima mucho antes de pasar por Stutthof, pero la sensación fue la misma. En ambos lugares el césped se ha abierto paso y ha convertido la zona en una estampa llena de contrasentidos: la belleza del paisaje y lo horrible de su historia.

Parque conmemorativo de la paz de Hiroshima

Los parques japoneses tienen un nivel de cuidados y de precisión tal que ser jardinero en Japón es casi un honor al tiempo que un orgullo. De esta forma, pasear por el parque conmemorativo de la paz es recorrer uno de los jardines mejor cuidados por los que hayamos pasado nunca. Es fácil dejarse llevar por ese paisaje tranquilo y disfrutar… aunque eso hará que cada vez que nos acerquemos a un recuerdo del motivo por el que está allí se nos encoja el espíritu que no está preparado para tales sobresaltos en tan precioso lugar.

Japon Hiroshima Parque Paz Monte Memorial

Cenotafio y llama de la paz

Fue nuestra primera parada después de oír las campanas a las 8.15 AM. La historia se va olvidando poco a poco, cada vez quedan menos hibakusha –personas que sobrevivieron a la explosión de la bomba, incluso aquellos que estaban en los vientres de sus madres– para recordarlo, y para los turistas parece que las 8.15 AM es una hora demasiado temprana. Sólo nosotros y un japonés que se paró en su camino, estábamos atento al tañido.

Japon Hiroshima Reloj Bomba

Más de 70.000 personas murieron en ese momento, a las 8.15 AM del seis de agosto de 1945, un tercio de la población de la ciudad. El cenotafio muestra los nombres de todos esas víctimas, y se va actualizando año a año –cada celebración del aniversario en agosto– con los nombres de los que siguen muriendo. La sensación es abrumadora. El silencio, como no puede ser de otra forma, sepulcral y respetuoso.

Como un torpedo directo a nuestra línea de flotación, la llama de la paz se mantiene encendida. Un recuerdo de nuestra hipocresía que permanecerá encendida hasta que no desaparezcan las armas nucleares del mundo. Hipocresía que hacía aprobar la fabricación de este mismo tipo de armas para el ejército japonés mientras estábamos allí. La única manera de que esa llama se apague será la extinción de la humanidad…

Japon Hiroshima Cenotafio Gembaku Nocturna

Monumento conmemorativo de la paz de los niños

A pesar de que Hiroshima era, durante la segunda guerra mundial, una ciudad eminentemente militar y una gran fabrica de armamento, seguían quedando algunos niños en sus calles. Little Boy –una manera de “suavizar” la barbarie– también se cebó con ellos. Sadako Sasaki era uno de estos niños. Ella sobrevivió a la explosión pero la radiación le provocó leucemia detectada cuando tenía 11 años. Valiéndose de la tradición japonesa que habla de que los dioses concederán un deseo a aquel que haga mil grullas de papel, Sadako se puso manos a la obra. No lo consiguió, murió después de fabricar más de 600.

Japon Hiroshima Parque Paz Sadako Sasaki

En su recuerdo, y en el de todos los demás niños, se alza el monumento de la paz de los niños, al que siguen llegando grullas de papel de todo Japón y de todo el mundo.

Monumento coreano conmemorativo de la bomba atómica

Que Japón no era una hermanita de la caridad en aquel momento de la historia ya lo explican los propios japoneses dentro del museo conmemorativo de la paz. Los que más claro lo tenían eran los coreanos, muchos de ellos arrancados de su país para trabajar como esclavos en las fábricas de armamento de la ciudad. De hecho, un diez por ciento de los muertos por la bomba eran coreanos.

Museo conmemorativo de la paz de Hiroshima

Lo primero que nos sorprendió del museo conmemorativo de la paz de Hiroshima es que no se salva nadie. Explican por qué hacía falta una ciudad de unos cinco kilómetros de diámetro y poco bombardeada como objetivo: tenía que ser evidente la capacidad de destrucción conseguida con los dos millones de dólares de la época que había costado desarrollar la bomba. Y también que Hiroshima era el objetivo perfecto porque prácticamente toda la ciudad era una fábrica de armamento y no había campos de prisioneros en las proximidades.

Japon Hiroshima Museo Paz Gembaku Domu

Pero antes hablan del pasado belicoso japonés con sus intentos de conquistar desde Corea a URSS pasando por China y de la esclavización de gran número de coreanos para trabajar en sus fábricas. No hay victimismo, ni, como suele pasar después de una catástrofe, sólo se habla bien del país. No se condena sólo el lanzamiento de la bomba de Hiroshima, se condena la fabricación de cualquier arma nuclear y su uso.

Recorrimos todas sus salas leyendo todos los paneles informativos hasta que nuestro tren hacia Hakata/Fukuoka nos devolvió a la velocidad de un viaje que sí tenía fecha de vuelta, y a tener que salir corriendo a coger el tranvía.

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Comentarios

  • 7 marzo, 2015 a las 16:13

    Muy muy interesante. Lo del silencio absoluto que decís también me lo dijo un amigo. Sobrecogedor…

    • 14 marzo, 2015 a las 16:02

      Los lugares que recuerdan este tipo de barbaridades le quitan a uno la palabra… nadie habla en los campos de concentración o, más cerca, en el monumento en recuerdo al 11-M en Madrid. Estas locuras te dejan sin palabras