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Bujará (III), billetes de tren

Miércoles, 02/03/2011 (3)

A Sara lo de meterse por las calles traseras y poco transitadas de las ciudades le motiva y ha visto en el mapa que hay otra mezquita medio escondida por las calles de tierra, así que allá que vamos sacando la brújula.

La guía habla de un fantástico Airban. Encontramos la mezquita pero tampoco es tan espectacular. Lo curioso es que está abierta completamente pero no hay nadie ni dentro ni en los alrededores. Saliendo por la parte de atrás encontramos el hammam de las mujeres.

Como hemos visto casi todo y todavía no es la una nos vamos a la calle Mustaqilik que es donde, según la guía, están las agencias que venden los billetes de tren y avión. En la primera que preguntamos nos dicen que sólo de avión así que nos fijamos en las fotos de la puerta a ver si en alguna se ve un tren. Esta calle es la de las tiendas y restaurantes. Incluso hay un Zara, pero es una imitación aunque la letra está muy lograda.

Entramos en una oficina que tiene una foto de un tren y encontramos la típica cola rusa delante de la ventanilla. Mientras uno hace su gestión con la vendedora hay otros tres apoyados en el mostrador tratando de hablar con ella por la rendija que tiene el cristal. Por supuesto la gente se mete en la cola, pregunta, se da la vuelta y se va, vuelve, vuelve a preguntar… Como en Moscú, empezamos a irritarnos y tenemos ganas de matar a los que se meten. Es más, a uno que se cuela le doy un golpe en la espalda para dejarle claro que yo también estoy esperando, con gestos me dice que sólo va a preguntar una cosa. Y yo a comprar un par de billetes… pero no hay manera y por suerte sí que es verdad que sólo pregunta.

Cuando ya sólo hay dos en la ventanilla llega otro por detrás. Me pongo delante para que no pueda pasar y me esquiva medio empujando para meterse delante. Nos quejamos y el tipo se da la vuelta y nos dice que está con el que está comprando ahora los billetes, que asiente corroborando su historia. Lo que pasa es que cuando el que está comprando los billetes acaba, coge su pasaporte (sí, también, como en Rusia, hace falta el pasaporte para comprar un billete de tren), se da la vuelta y se va, sin esperar al otro para nada. Está claro que no iban juntos y que probablemente ni se conozcan, pero por «engañar» al turista el otro haya dicho que sí.

El caso es que éste nuevo se ha colado incluso al que ya estaba delante de nosotros, que es uzbeco y que debería haberse enterado. Cuando pide los billetes para vete a saber dónde, la taquillera le dice que no hay y empieza una conversación sobre qué día y a qué hora sí que hay. Resulta que los billetes no son para él y coge el teléfono para llamar a quién sea y ver cuándo le va bien. Mientras el otro aprovecha para comprar su billete, aunque tiene que quitarle de en medio porque, a pesar de estar hablando por teléfono, tiene la cabeza metida en la ranura de la ventanilla para no dejar que nadie pueda seguir comprando.

Lo que nos está preocupando un poco es la cantidad de dinero que suelta aquí la gente para comprar un billete. Hasta ahora los que hemos visto no han sacado menos de cuatro fajos de billetes de a 100.000 por fajo. Según la guía el billete son siete dólares, que ya será más por el tiempo que ha pasado, pero eso son unos once mil, mucho menos de lo que los demás sueltan. Si es que llevan el dinero para comprar los billetes en bolsas de plástico y la taquillera tiene una máquina para contar encima de la mesa. La cantidad de billetes que tiene en la mesa agrupados en fajos de 100.000 es impresionante. Lo bueno de que todos los billetes sean tan pequeños es que si alguien robara un banco tendría que llevarse los billetes en un camión para tener algo de dinero y no te digo nada la que tendría que montar para sacarlos del banco… Nada de meter el dinero en un maletín. Necesitaría varias mochilas gigantes.

Mientras la máquina cuenta el dinero nos mira y nos pregunta si queremos ir a Taskent. Le decimos que no, a Samarcanda. En inglés nos pregunta que si mañana. Va a ser mucho más fácil de lo que creíamos. Por si acaso ya habíamos escrito en un papel Samarqand, el horario (8:05) y el día (3/3/11). En la guía pone que hay que reservarlo con un par de días de antelación, pero teniendo en cuenta que hemos visto un turista más no creemos que vayamos a tener problemas.

Cuando la taquillera le da su billete a este último y le enseña el origen, el destino, el día y la hora (para confirmar) Sara ve que el destino es Moscú. Bueno, siendo así no nos extraña que tengan que soltar esa cantidad indecente de billetes.

El otro sigue hablando por el móvil y le digo a Sara que meta los pasaportes por la ranura mientras yo me coloco al lado para que no pueda meterse otra vez delante de la ventanilla. No hay problema para coger el tren a Samarcanda. Nos pregunta que si queremos primera o segunda clase, obviamente segunda. Sara le dice el nombre del tren que sale por la mañana y con gesto afirmativo indica que no hay problemas. Nos muestra cuatro dedos de cada mano para decirnos que sale a las ocho y nos da los billetes. Para el precio utiliza una calculadora. Son 28.000, casi diez euros justos con el cambio del señor negro. Al pagar nos pide un billete de 500 más, hay 200 som de comisión que debe quedarse la agencia. Ahora sólo falta saber cómo llegar a la estación y una vez allí enterarnos de dónde nos tenemos que sentar, si es que los asientos están numerados.

Para llegar a la estación se puede coger un taxi, por supuesto, o una marshrustka, que es la típica furgoneta con asientos que hace un recorrido y que no arranca hasta que no se llena. Es la número 68 y sale de una plaza al lado del hotel.

De vuelta a la calle principal desde la agencia entramos en un MiniMarket, el FancyFood. Antes hemos visto que tenían agua sin gas de litro y medio. No sólo tienen agua, sino que tienen escrito el precio de venta, 700 som la botella. Esta mañana pagamos 600 por una de medio y en Jiva 1.000 por una de litro y medio. Nos han engañado. Además hay muchas pastas con una pinta estupenda y bollos. Sara se acerca a la nevera y pregunta si una botella es de yogur, la vendedora dice que no, que es kéfir. Con la calculadora le da el precio. El kéfir 1.200 y el yogur, que también tiene, 1.500. Va a probar el kéfir a ver qué tal. Yo he visto unas pastas de chocolate que tienen muy buena pinta, pero a ver cómo nos enteramos del precio y le decimos una cantidad.

Como será difícil le decimos que atienda a una señora local que ha entrado después, para que no haya presión. Cuando acaba le mostramos un billete de 500 y le señalamos las pastas. Ella nos señala otras, pero nos parece que las que le pedimos tienen buena pinta. Las pone en la balanza, sólo cuatro, y al marcar el precio resulta que tiene que dejar sólo dos si queremos gastar 500. Venga, le decimos que deje las cuatro (800). Cuando vamos a pagar nos da a probar unas que están al lado, las que se llevó la señora de antes, y con gestos nos dice que ésas están más buenas. Pues ella sabrá así que le decimos que adelante. Lo bueno es que las otras son más ligeras y pone bastantes más, además de que son más baratas (ya habíamos visto lo que costaban cuando se las puso a la otra). Al final con más pastas pagamos los 500 que habíamos pensado. Una mujer súper simpática, lo mismo esta tarde volvemos a pasar.

Todavía nos queda por visitar Char Minar, pero no está muy bien indicado en el mapa, no se puede decir que los mapas de la Lonely Planet sean gran cosa. Nos metemos por un camino de tierra y cemento que podría llamarse calle y callejeando llegamos a ningún sitio con riesgo de no saber ni volver. Damos la vuelta y volvemos por donde hemos venido.

Hay un par de cosas más que visitar. Una en las afueras, a la que sólo se puede llegar en taxi, y otra más lejos aún que se puede ir en autobús o en marshrustka. Una vez comprados los billetes nos hemos sentado allí un rato y leyendo lo que pone de cada uno hemos decidido que mejor vemos las cosas que nos quedan en Bujará y después damos una vuelta por la ciudad. Como empieza a hacer calorcito (hasta me he quitado el gorro) pienso que si la cosa se mantiene así y acabamos pronto puedo incluso dibujar algo.

De vuelta al hotel, para dejar el agua y poner a cargar la batería de Cany y el móvil, pasamos por la parada y preguntamos a los taxistas que cuanto nos cobran por ir a Kagan, donde está la estación de tren de Bujará, a unos 9 km. Nos han dicho de todo, desde 2.000, que nos pareció bien, pero pensamos que no nos había entendido; hasta 12.000, lo que nos ha parecido un robo porque el billete de tren costaba casi eso; pasando por 7.000, que después del de 2.000 nos ha parecido demasiado también. Luego preguntaremos en recepción a qué hora sale la primera marshrustka y cuanto es el precio «aceptable» para el taxi a la estación.

Al llegar al hotel nos encontramos con que no hay luz. No sabemos si es que la cortan cuando salimos de la habitación o que directamente tienen horas con y horas sin, como en Nepal. Lo bueno es que la calefacción debe ir con gas porque sigue encendida y sigue haciendo calor. Lo malo es que no podemos cargar las cosas.

Nos tumbamos diez minutos para estirar la espalda. Casi cuatro horas sin sentarnos y con la mochila de la cámara se van notando. Dejamos el agua y salimos a hacer más visitas.

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Comentario

  • Globetrotter
    31 marzo, 2011 a las 12:06

    Me ha parecido una entrada muy interesante y un blog muy completo, enhorabuena!!

    Saludos de otra viajera!!