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Perú (XXIX), paseando por Puno

Viernes 08/05/2009 (y 2)

En el puerto Néstor nos dice que hay transporte para todos hasta nuestros hoteles. En nuestro caso hasta la terminal terrestre. Nos despedimos de los franceses y en la terminal recogemos a los Symbios de la oficina. Colocamos las cosas de Okihita para vaciarla y bajamos las mochilas a la compañía de autobuses. A las 21:45 tendremos que estar aquí para cogerlos y montarlos en el bus.

Para llegar al centro, a la plaza de armas, nos dicen que cojamos un taxi. Eso hacemos, pero regateando hasta 3,50 soles, nos habían dicho que tres sería un buen precio. Se supone que también hay colectivos pero no nos han dicho que lo cogiéramos.

Preguntamos en la oficina de cambio de la estación que estaba cerrada el otro día por el cambio del euro, necesitaremos dinero en Arequipa y llegaremos a una hora indecente. No sé si me ve cara de tonto o de desesperado pero se atreve a decirme que el euro está a 3,50. Si quieres te doy directamente los euros y tú no me des nada.

La plaza de armas de Puno no es gran cosa. Amplia como todas, con su catedral y su palacio de justicia, pero sin mayor encanto. Entramos en una casa colonial en cuyo interior encontramos una tienda de comercio justo. Un gorro doble de alpaca nos llama la atención, pero no tenemos soles para comprarlo, 64 soles. Nos indican que la calle de los cambios es una con mucha gente nada más salir. No son muchas pistas, pero vemos una calle peatonal con el centro de información. Entramos a la oficina de turismo a preguntar por la feria de miniaturas y por la calle de los cambios. Efectivamente era la calle peatonal. Además de las oficinas de cambio están casi todos los restaurantes recomendados por la guía. Cambiamos y volvemos a por el gorro. Es una agrupación de asociaciones de artesanos y en cada producto una etiqueta te informa del nombre de quien lo ha hecho, el material y luego te dicen a qué asociación y a qué zona en particular corresponde.


Es pronto, poco más de las seis, pero hemos comido a las 11:30 y estamos al lado del restaurante Don Piero. Según la guía lo mejor es su trucha, pero la hemos comido ya. También recomiendan sus carnes y sobre todo la alpaca. En el menú también hay sopa de legumbres pero no me acabo de fiar, en la carta en inglés pone sopa de vegetales, así que le pregunto al camarero. Me responde que es una sopa de “purita” verdura ¿y para qué ponéis que es de legumbres?

Poco después llega con un plato de trucha para la mesa de al lado, pero habían pedido bistec. El cliente habla en inglés y el camarero no le entiende. Me mira con cara de súplica y me levanto. El chico pidió bistec y le han traído trucha. El camarero me dice que si “de pronto no le gusta la trucha”. No, verás, es que si ha pedido carne pues no quiere pescado. Que si no le importa quedársela… pues sí que le importa, es que no la ha pedido. Acaba por llevársela y el inglés me da las gracias.

Sara vuelve del baño con malas noticias, sigue un poco revuelta. Pediremos el lomo a la Don Piero, con patatas fritas, huevo frito, plátano frito, arroz cocido y aguacate y lomo de alpaca con puré de patatas. Las dos cosas están deliciosas aunque no es el concepto de lomo al que estamos acostumbrados, es carne fina. El puré está particularmente bueno y se nota que es casero. Pagar con tarjeta no tiene recargo así que lo hacemos así, 51 soles.

Desde ahí cogemos un taxi a la feria. El nombre real de la feria es “Feria de las Alasitas” y nos sorprendió lo que encontramos. El taxi nos paró en una especie de feria de barrio, con casetas de comidas y tómbolas. Le preguntamos extrañados si era ahí y nos dijo que sí, que había comida, bebida y de todo. Enseguida encontramos los puestos de alasitas. Esperábamos encontrar algún tipo de artesanía en miniatura o similar y lo que había en los puestos eran productos conocidos en tamaño miniatura. Botellas de coca-cola, de cerveza, cajas de cereales, tubos de dentífrico, … de todo, pero en pequeño. También había billetes de euros y dólares. Intentamos encontrar una botella de Inca Cola para llevarnos a casa pero no tenían en ningún sitio, sólo las cajas. Las miniaturas se se venden con la finalidad ritual de que se conviertan en realidad bajo los auspicios de la deidad aymara Ekeko. Éste es el dios de la abundancia, fecundidad y alegría, el que se representa mediante una persona sonriente un poco gorda con ropas típicas y cargando gran cantidad de bultos de alimentos y otros objetos de primera necesidad. Incluso tiene un agujero en la boca para que «fume».

La feria no terminaba nunca y después de los puestos pasamos a las tómbolas, casetas de tiro, futbolines,… hasta llegar a las norias y atracciones mecánicas. No parecía que fuera a acabar y salimos cruzando un parque para buscar un taxi. El primero que nos paró llevaba a una señora delante, pero supongo que es su novia o similar porque ella no va a ningún sitio. Nos pide cuatro soles y aceptamos sin regatear, no sabemos ni donde estamos y no nos acaba de gustar el barrio. El de la información turística nos dijo que fuéramos mejor por la mañana, que a esta hora habría mucha gente y que llevásemos lo imprescindible por si alguien nos daba un tirón. Vamos, todo ventajas.

El taxista ha hecho un buen negocio porque estábamos al lado de la estación. Falta una hora y media para que salga el bus y nos sentamos a esperar. Encontramos a un israelita que estaba en la excursión con nosotros. Viaja sólo y sale ahora para Cuzco. Compramos más plátanos y una botella de Gatorade, Sara sigue con problemas. En la estación hay televisiones y, en una de ellas, están emitiendo la gala de elección de miss Hawai no sé qué Perú y nos entretenemos un rato viendo a las chicas, después de haber pagado la tasa de embarque de la estación. En Cuzco era de 1,10 soles, aquí sólo un sol. Además del precio del billete, que se paga a la compañía, hay que pagar una tasa a la estación por cada viaje.

A las 21:45 cogemos a los Symbios y salimos al autobús. Nos grapan la identificación y los meten en el maletero. Los asientos son enormes, de piel (o imitación) y se tumban casi por completo. Sólo falta que venga una azafata/o a darnos una mantita para estar como en casa. La verdad es que no hay manta, pero están las cazadoras.

Antes de que arranque ya estamos dormidos. Más cómodo que el del otro día.

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Comentarios

  • Alicia32
    6 julio, 2009 a las 17:10

    Vaya, la comida tiene una pinta estupenda..y el sillón del autobús enoooormeeee!!!pobretica Sara, qué carilla…

  • Masmi
    6 julio, 2009 a las 18:23

    Si que tiene buena pinta la comida.
    Mi hermano tiene un ekeko en su casa, y le da de fumar para que le traiga suerte 🙂
    Pedazo de sillones!!!

  • JAAC
    7 julio, 2009 a las 07:45

    La comida estaba muy rica, lo cierto es que quitando el cuy (y tampoco es que estuviera malo de sabor) la cocina peruana es muy rica.

    Merece la pena viajar por la noche para sentarse en esos butacones, sí señor. Como los viajes son muy largos casi todos los autobuses son mínimo semi-cama.

  • JAAC
    7 julio, 2009 a las 07:47

    Esta vez no cumplimos con la tradición del país y no compramos un ekeko. Tampoco vimos muchos, así que creo que es más de cara al exterior que allí. Además el nuestro no iba a fumar nunca y lo mismo se cabreaba y nos traía mala suerte! jajaja

    Ya te digo, tú también habrías dormido bien ahí 🙂